Plan Diabólico (1966), o cómo ser el cambio que deseamos ver en el mundo (III)

 


PARTE 3: MIS INTERPRETACIONES (BASICAMENTE MI OPINIÓN)

Bueno, ahora, después de toda esta chapa, debería venir lo divertido e interesante: ¿qué me ha parecido a mí la película? La verdad es que me ha gustado.

Y ya. ¿Os imagináis que después de todo esto tengo los cojonazos de acabarlo así? No, no. No voy a haceros eso. La verdad es que, como esta es la primera vez que secciono así un “artículo” (lo pongo entre comillas porque esto ya no sé ni lo que es), no tengo realmente ni puta idea de qué quiero poner aquí. O sea, no sé concretamente qué es lo que quiero poner. Como siempre, tenía una idea vaga (que en mi cabeza era espectacular) para que este texto —que sí que es verdad que por momentos se puede hacer densote— terminara con un rollo más personal y diarresco, en un sentido más coloquial. Algo así como lo que hacen algunos directores en ciertos festivales cuando se ponen a hablar de su obra con el público en un tono… bueno, el tono depende del festival, pero se entiende la movida. El caso es que llegué a esta sección del texto, pasaron los días, las páginas seguían en blanco y yo me veía incapaz de enfocar esa idea abstracta de “coloquio” con el lector de alguna manera interesante. Vamos, que empecé a pensar que quizá la idea del coloquio era una mierda, y por un momento pensé en abandonarla… hasta que se me ocurrió este párrafo. Es decir: no sabía exactamente a qué agarrarme para empezar a escribir, así que, con todo el descaro del mundo, he decidido probablemente escoger la peor manera de hacerlo, que es referenciar la propia ausencia de ideas y de texto para rellenar este hueco. Esto nos hace mucha gracia a los que escribimos estas mierdas, pero sé que es una puta tortura para el lector que ahora mismo está leyendo esto, por lo que pido perdón una vez más por este párrafo. Y sé que ya en 2025 esto de “disculparse por el chiste” no necesariamente salva el chiste, pero es lo único que me quedaba, así que ruego comprensión.

Ahora sí, dicho esto, nos centramos en lo que nos tenemos que comentar: ¿qué me ha parecido a mí la película? ¿Os imagináis que no avanzo de aquí? Sjjsjs… No. Tranquilos, esto no es Pálido fuego. Bueno, he intentado enfocar esto de una manera en que podáis encontrar aquí cosas que no se hayan dicho en otras “reviews” o “análisis” que podéis encontrar por internet. Me he leído muchos y os puedo asegurar que ni uno, ni uno, menciona el papel de las mujeres dentro de la película.

(Se activa momento hombre al rescate)

Como ya he dicho antes, Seconds es una película de hombres, hecha para hombres. Y no de forma intencional. Me refiero a que, cuando John Frankenheimer pensaba en la “alienación del hombre”, estoy seguro de que pasó por alto que quizá una ama de casa podía entender esta situación de mejor manera que un hombre de aquella época. Y que si hablamos de individuos atrapados en sistemas abstractos y absorbidos por ellos, joder, qué mejor ejemplo que una mujer de los cincuenta: estaba atrapada, se tenía que casar, tenía que tener hijos, su vida social estaba subordinada a sus tareas domésticas y de cría de hijos y de su marido, no tenía libertad financiera, ni libertad artística en un sentido industrial (no había mujeres directoras ni guionistas…). Lo que revela la película sin darse cuenta es que las mujeres forman parte del decorado intercambiable. (Tony pasa de su aburrida esposa a estar con una mujer alocada, joven, despreocupada y sexy que le ofrece lo que supuestamente todos los hombres quieren, y que no hace falta que mencione). Es decir, las imágenes y representaciones, las estructuras que forman su identidad y a la vez las oprimen, giran alrededor del deseo masculino.

La opción de renacer y cambiar los símbolos que te codifican como individuo —y que, según la empresa, te liberan— es un privilegio también masculino, ya que la propia mujer no es más que representación de él mismo. Es una imagen mediada por la economía del deseo masculino.

(Finaliza momento hombre al rescate)

Otra cosa que nadie ha analizado es cómo esta película muestra que la imagen se ha comido al mundo. Es decir, cómo el mundo avanza hacia realidades representadas, las llamadas hiperrealidades. Esto es lo mejor con diferencia de toda la película y, curiosamente, hace que sea tan actual.

A lo que me refiero con esto es que, como ya afirmaba Guy Debord justo en aquella época, en su maravilloso libro La sociedad del espectáculo, la cultura capitalista postmoderna se aventuraba hacia una realidad mediada por imágenes. Es decir, que el propio sistema de representación estaba empezando, mediante los mecanismos económicos y mediáticos, a sustituir la experiencia real por representaciones de la misma vendidas como reales.

Por ejemplo, en el siglo XVIII tú podías ir al Coliseo romano (si tenías dinero y suficiente tiempo libre) y verlo. La experiencia de verlo era puramente presentista, ya que no había ninguna forma de preservar la experiencia más allá de la memoria. Podías representarla, escribir sobre el monumento, comprar un cuadro de él, contar que fuiste al dueño del bar de tu pueblo… pero ninguna de esas representaciones superaba o se imponía al hecho de haber estado allí, presente, frente a esas ruinas. Eras solo tú y un puñado de piedras.

Ahora, si vas al Coliseo, lo primero que te encuentras es a más gente viendo el Coliseo. Y no solo eso: gente con guías que les explican el Coliseo. La gente allí se saca fotos para inmortalizar el momento (llegando incluso a ponerse de espaldas a él y pasar minutos sin verlo, sabiendo que igual es la última vez que están allí). Lo que pasa es que “ir a ver el Coliseo” ya no es solo, en pleno siglo XXI, “ir a ver el Coliseo”. Empezando porque puedes verlo desde Google Maps desde todos los ángulos posibles. Pero, más allá de eso, “ir a ver el Coliseo” implica mostrar y subir fotos de que has estado en el Coliseo, o simplemente eso: sacar fotos para recordarlo años más tarde.

Este es un ejemplo simple de cómo la experiencia de ver un puñado de ruinas se transforma en una representación de sí misma, y no solo eso: la trasciende, y la representación se traga la realidad. Empezando por el guía que te explica el Coliseo (media la percepción entre tú y la ruina; ya no puedes ir tú solo e interactuar como quieras, sino que pagas por una representación de la idea de la ruina), y siguiendo por las fotos, donde mucha gente (más de la que quiere admitirlo) está más pendiente de cómo va a enseñar la foto del monumento que del propio monumento. Es decir, está confundiendo la representación de la imagen con la imagen.

Esta separación —entre el sujeto y su propia experiencia, entre el individuo y la comunidad— es la esencia del espectáculo: la vida se contempla en lugar de vivirse, los vínculos se convierten en apariencias, y la existencia entera se reorganiza como un flujo de imágenes cuya función no es reflejar la realidad, sino reproducir la lógica del sistema que las genera. Por eso Debord habla del “empobrecimiento de lo vivido”: cuanto más total es la representación, menos espacio queda para la experiencia no mediada.

Esto se ve muy bien en Seconds, como ya hemos visto, porque allí toda su vida es una representación de imágenes prefabricadas por el sistema que las legitima: la propia empresa. Por eso, cuando uno es consciente de que la representación se está comiendo la realidad de la experiencia vivida, le resulta tan difícil y tan violento participar en ella: se siente absorbido por su lógica. Y no solo eso: como ya hemos visto con la representación de la mujer en la película, todo tu ser puede no ser más que una imagen mediada. Una representación en sí y para sí. Realmente eso son los perfiles de redes como Instagram: meras representaciones que solo se validan a sí mismas. Son hiperrealidades. Representaciones que no necesitan remitir a nada real más allá de sí mismas para legitimarse, sustituyendo la realidad de forma total.

Seconds es una película que nos habla de la inevitabilidad de la lucha contra estas representaciones que, en última instancia, nos definen y nos encierran a partes iguales, que nos dictan quiénes debemos ser y cómo comportarnos, y que nos alienan: el género, la profesión, la raza, el poder adquisitivo, la nacionalidad, la religión… La película es pesimista porque el mundo la ha invitado a serlo. No da respuestas sobre cómo enfrentarnos a estas representaciones, pero sí nos advierte de la peligrosidad de confundirlas con la totalidad de nuestro yo. Una vez que el sujeto es consciente de la máscara, no puede dejar de ver que lo que posee es solo eso: una máscara. Pero más allá de ella, ¿qué hay? En Seconds, más máscaras. Y eso, aunque parezca contradictorio, es la única buena noticia: que haya más máscaras significa que detrás de ellas hay alguien. Quizá choque con su representación —al final, es inevitable—, pero eso no impide que tengamos herramientas para atravesarlas.

Frankenheimer lo sabía; por eso hizo esta película. Por eso gritó: “Tengo una máscara, porque los demás también la tienen.” El mensaje profundo de Seconds es que solo quien es consciente de su propia máscara puede darse cuenta de que los demás también la llevan. Solo entonces uno puede empezar a distinguir qué parte de cada uno es moldeada por la máscara que nos dieron al nacer y cuál pertenece verdaderamente a nosotros. Y ahí comienza el juego real: lo humano, la experiencia de búsqueda de sentido. Quizá nunca sepamos cómo quitárnosla, pero está claro que es muy fácil fundirse con ella y fingir que nada ha pasado. Y eso… sí que es muy triste.

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