¿PERO QUIÉN COÑO ES CHARLIE?

 

Capítulo 1: El Fin de la Gravedad.

Eran las 11:20 cuando Dylan Sanders le propina el enésimo puñetazo a Eric Knox a sabiendas —o al menos así lo recuerdo ahora, rebobinando mentalmente la escena— de que un misil aire-aire lanzado desde el propio helicóptero de guerra de Knox acababa de romper, una por una y sin pedir permiso, todas las leyes conocidas de la termodinámica, describiendo en pleno vuelo un giro limpio de ciento ochenta grados a velocidades cercanas a MACH-2 para regresar hacia su punto de origen, como si el aire hubiese decidido corregirse a sí mismo o alguien, en algún lugar fuera de plano, hubiese intervenido sobre la continuidad material de los hechos. Todo sucede casi al mismo tiempo: el impacto del puñetazo, la estela que se pliega, la irrupción casi milagrosa de Natalie Cook, y en medio de esa convergencia improbable, Knox se queda inmóvil,  recibiendo el último puñetazo de Dylan Sanders  de forma pasiva, observando el misil que él mismo había puesto en circulación acercarse con una expresión difícil de clasificar, algo entre el alivio y una forma menor de reconocimiento, como si en vez de enfrentarse a un error estuviera asistiendo a una confirmación largamente postergada. Para este punto  la escena deja de comportarse como espectáculo y empieza a comportarse como síntoma de algo. Algo mucho más grande. Algo tan inclasificable e indescriptible que ha hecho que este hombre en esta situacion acepte morir. Estamos hablamos de un hombre que había elaborado un plan minucioso para acabar con Charlie, un plan que había exigido recursos obscenos, infraestructuras absurdamente costosas a nivel empresarial y logistico; y la clase de paciencia estratégica que solo aparece cuando alguien está dispuesto a hipotecar su propia imagen pública con tal de cerrar una ecuación, un axioma moral que cree necesario ejecutar para el equilibrio fundamental del orden superior del universo; un hombre que había asumido de antemano el coste mediático de un secuestro paramilitar, el descrédito, la corrupción de su imagen pública, incluso la posibilidad de convertirse en villano oficial si eso le permitía activar el obsceno artefacto tecnológico que, además de eliminar a Charlie, lo habría situado en una posición de poder difícil de exagerar, una pieza capaz de volverlo más rico, más famoso, más intocable, y que después utilizaría —o eso parecía— para localizar, fijar, encuadrar definitivamente a su objetivo. Y sin embargo, llegado el punto de máxima exposición, cuando todas las variables convergen y el plan debería tensarse hasta su forma definitiva, Knox se detiene. Recibe los golpes con cara de gilipollas. Espera el impacto con una sonrisa de alivio. Como si la inversión, la violencia y la ingeniería hubiesen sido fases preparatorias de otra cosa menos visible. Como si el misil que regresa no fuese una anomalía fisica. Como si ese misil fuera una respuesta a algo. Como si el verdadero acontecimiento no estuviera ocurriendo delante de nosotros. Como si pudiese ver a traves de las fuerzas factoriales y entropicas que definen nuestra existencia. Como si ese misil traspasara una capa anterior de la realidad, accesible solo para quien hubiese llegado demasiado lejos como para retroceder a hacer otra cosa que no sea mirar, mirar la muerte a los ojos. ¿Sabía acaso quién era Charlie?


Despacho de Eric Knox.
Transcripción parcial de material no publicado.
Entrevista realizada para la revista TIME por Julie Smith seis meses antes del secuestro, del intento de asesinato de Charlie y de la muerte de Eric Knox.
Documento procedente de archivo editorial interno.


Knox.— Sí. Sufro de eso.
Smith.— ¿Cómo lo describiría exactamente?
K.— ¿Estás grabando ahora?
S.— Todo lo que no quieras que salga no va a salir.
K.— Es un tema delicado.
S.— ¿Quieres que la apague?
K.— No. Me refiero, es un tema delicado en general… en cualquier clase de contexto.
S.— Sí. Te entiendo…
K.— “Oh, sí… Charlie”... Pero más fuerte… ¡OH, SÍ, CHARLIE, SIGUE!.. Mientras follábamos. Fue en el momento justo donde se fue todo a la mierda. Lo solté tal cual… No lo pude controlar… Pero el tema era complicado. Era vergonzoso. Era humillante. Y además progresivo, que es lo peor que puede ser cualquier cosa vergonzosa. Empezó a crecer y a crecer. Como un tic. Como cuando descubres que puedes oír tu propia saliva y ya no puedes dejar de oírla nunca más. No lo podía controlar y cada día iba a peor. Empezó una vez en el jacuzzi; me acuerdo de que la llamé Charlie, nos reímos y no le dimos importancia, hasta que empecé a ver la cara de un señor mayor. Un señor con arrugas… Creo que no te podría describir su cara con exactitud, no se parecía a ella, eso desde luego. Solo por unos segundos. Por unos segundos parecía mutar y veía la cara de un hombre en ella. Pero pronto desaparecía. Luego desaparecía. Siempre desaparecía. Y esa intermitencia lo hacía peor, porque te obliga a negociar con ello. ¿Entiendes que no le podía decir nada en ese momento? ¿Qué le digo? “Perdón, cariño, pero es que veo la cara de tu jefe cada vez que te doy un beso…”. Estaba desesperado, porque ella notaba que no la miraba a los ojos muchas veces. Empecé de forma disimulada y elegante, pequeñas desviaciones, coreografías mínimas del cuello que ensayaba delante del espejo. Pero el cuerpo es un chivato. Ella lo notaba. Pensaba que estaba distante, o que me sentía culpable por haberle hecho algo horrible que no había hecho, o peor aún, que estaba aburrido de ella. Y yo no estaba aburrido. Estaba como… que estaba retraído y se pensaba que estaba haciendo algo que no debía o que me estaba molestando. Llegaba un punto en que mi comportamiento era de puro terror a mirarla, no quería ver la imagen de ese hombre en ella. Lo más asqueroso era anticiparlo. Ese microsegundo previo en el que tu cerebro dice: "ahora". Y tú sabes que vas a volver a verle.
S.— ¿Cuándo empezó todo? ¿Natalie ya trabajaba para Charlie?
K.— No. Empecé a verlo antes. Eso fue lo más raro de todo.
S.— ¿Charlie lo sabe?
K.— Charlie lo sabe todo.


Habían discutido y ya estaban muy cansados de que nada solucionase nada y cualquier explicación de lo que sucedía caía en saco roto. Todo el plan de Knox para encontrar a Charlie pasaba ya por Charlie mismo. Era un asunto personal. La paranoia persistente sobre quién era quién se agudizó hasta tal punto que se encerró tras su ruptura tres meses en un laboratorio para idear y diseñar un dispositivo capaz de identificar de forma satelital a todos y cada uno de los individuos que habitaban el planeta Tierra. Había una obsesión clínica en él, en la identificación, en el mirar a alguien no siempre supone saber quién es. En darse cuenta de que los ojos no son siempre el espejo del alma de la otra persona, si los miras desde cerca siempre te reflejas en ellos. Son solo un espejo. Y Knox no sabía ni quién era, y empezaba a tener la sospecha de que cualquiera podría ver a Charlie en su cara como le pasó a él con Natalie. Hay mucha gente que se pierde ahí, entre los ojos que te miran y tu reflejo en ellos. Entre los espejos. Todas las miradas hacia él resultaban sospechosas, sobre todo porque la cara de Charlie es la típica que no se olvida. Él todavía soñaba con ella. Esa cara con arrugas, la de un hombre que se parecía… indefinible, pero tan nítida y tangible para el espectador que no da lugar a confusiones. Ese era el valor de Charlie. Nadie olvida a Charlie. Fue cuando, subiendo a la habitación del hotel, tras la discreta ceremonia de inauguración del identificador satelital en la junta de accionistas de la empresa de la que era dueño, después de haber convencido a subir con él a otra desesperada que acababa de conocer y que se veía igual de cansada que él, igual de aburrida, que como él necesitaba que durante 20 minutos en aquella habitación las cosas fueran instintivas y olvidarse de su voluntad y de su precaria situación emocional respecto a terceras personas que no estaban allí físicamente, pero que los dos llevaban a cuestas, y ella, que ya estaba cansada y le había dado la mano cuando pasaban por el primer piso reafirmando que ella también necesitaba esto y esperando que entendiese que ella necesitaba que fuese comprensivo con ella y deseando que no fuese otro capullo más que le hiciese más trizas de lo que ya estaba, y al sentir el contacto él la miró a ella y ella a él y la cara de ella, por una fracción de segundo, expresó el horror de lo inesperado y él le soltó la mano y cuando llegaron a su piso en aquel hotel sin nombre y sin mediar palabra alguna cada uno se fue sin despedirse a su habitación. Knox sabía lo que acababa de pasar. Era esa mirada. La de Charlie. Le perseguía. Ahora la tenía él. ¿Qué quería de él? Fue esa habitación donde ideó todo lo del secuestro. Necesitaba ser preciso. Sabía del ejército personal de espías que iban a hacer todo lo posible por defender a Charlie. Lo único que podía hacer a partir de ahora era fingir, fingir que esto no estaba pasando. No le podía dar a Charlie eso. No le podía dar el beneficio de la duda. A partir de ahora, eran Charlie y él.


Despacho de Eric Knox.
Transcripción parcial de material no publicado.
Entrevista realizada para la revista TIME por Julie Smith seis meses antes del secuestro, del intento de asesinato de Charlie y de la muerte de Eric Knox.
Documento procedente de archivo editorial interno.

Smith.— Entonces, ¿qué sentiste cuando Natalie empezó a formar parte de los llamados “Ángeles” para ese tal “Charlie”?
Knox.— Estoy tratando de pasar página.
S.— Ya te he dicho que no va a entrar si no quieres.
K.— ¿Y por qué lo preguntas?
S.— Simplemente me parece interesante. Un caso interesante. Y que puede repercutir mucho mediáticamente.
K.— ¿En qué sentido?
S.— No sé; más allá de que una fracción mínima, inferior al 1% de los estadounidenses, afirme que ve la cara de Charlie en todas partes —aun cuando no se ha revelado su identidad—, es, per se, un artículo lo suficientemente vendible para mí. Si a eso le sumas que uno de ellos es un tal Eric Knox, la persona más joven en aparecer en la revista Forbes y multimillonario tecnológico, lo hace todavía más apetecible. Pero, ¿puedo ser sincera contigo?
K.— Adelante.
S.— Me interesa, a nivel personal, todo lo demás. El hecho de que los “Ángeles” sean un grupo paramilitar privado al margen de la ley y con total impunidad para cualquier clase de acción. El hecho de que sean mujeres jóvenes captadas por “Charlie”. El hecho de que no se tomen su trabajo como un trabajo, y que vean a Charlie como una especie de padre. El hecho de que tengan que ocultar que trabajan para el.  El hecho de que todo esto trate, en fin, de tíos. De tíos en posesión de la inocencia femenina; la inocencia femenina presexualizada utilizada como arma propagandística y literal contra otros hombres en su lucha por medirse las pollas entre ellos, hablando mal y pronto.
K.— ¿Pero qué coño tiene que ver esto conmigo?
S.— Todo. Quizás ese es el problema y no Charlie, ¿no crees?
K.— Te puedes tomar mi problema en serio, por favor. Yo soy el que está sufriendo toda esta mierda mientras ellas se lo pasan pipa dando patadas voladoras.
S.— Entonces, ¿el problema es Charlie o son ellas?

¿Pero por qué ese misil dio ese giro? Es la pregunta que vertebra esta investigación. ¿Tuvo Charlie algo que ver? Una vez que te desvinculas de la versión oficial y de los informes contados desde el punto de vista de Charlie a través de sus “Ángeles”, muchas cosas empiezan a carecer de sentido. La ausencia de gravedad en el relato, por ejemplo. ¿Es algo que se negocia? ¿Se pueden pactar las leyes de la física?
Hay una insistencia casi patológica en el relato por evadir la tragedia. Sospecho que Charlie está detrás de todo esto. Creo que yo, el narrador, al igual que Knox, he visto a Charlie en el misil. He sentido esa distancia del relato; me siento observado, y esa observación me agrede. La estrategia de Charlie para acabar con Knox y la respuesta que plantea esta investigación están delante de nuestros ojos, pero todavía no logramos verlas. Está claro que Charlie quiere parecer gracioso, despreocupado y natural. Y lo consigue gracias a ellas, a sus “Ángeles”, que son para quienes realmente trabaja el sistema.
Hay algo siniestro en Charlie: cuanto más buscas, más perverso parece. Ese misil, si lo piensas, es una singularidad gravitacional. La única muerte de todo el relato es, precisamente, el enemigo de Charlie. ¿Pero dónde está el drama? ¿Qué pasa con ellas? ¿Qué sienten? Esto no va de Charlie.
Creo que me estoy volviendo loco. Creo que, como Knox, estoy empezando a ver a Charlie en ellas. En esa despreocupación. En ese caos rítmico. En esos chistes sobre chistes ya hechos. En esa falta total de consecuencias. En la obligación de creerte un relato grotesco y claramente inventado. ¿Cómo va a doblarse un misil a esa velocidad en el aire para matar a un hombre? Hay algo ahí. No sé qué es, pero sé que es Charlie. Se me está apareciendo. ¿Dónde está lo real? Charlie ya no me deja ver lo real. No me deja. Pero sigo sin saber…
¿PERO QUIÉN COÑO ES CHARLIE?




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