PERSONAJES
Rosencrantz.
Guildenstern.
El Verdugo.
ACTO I
Escena I
Albión. El día resplandece con una luz que insulta a la desgracia. En el centro, el patíbulo; una máquina de madera diseñada para el silencio. Una soga solitaria cuelga sobre la plataforma de los condenados, ese umbral de madera que, al ser liberado, deja al reo en el aire, a merced de la gravedad y del olvido, a poco menos de una vara del mundo que acaba de perder.
Entra el Verdugo. Viste completamente de negro y su rostro no es visible. Escolta a Rosencrantz y a Guildenstern hasta la plataforma de ejecución. Los dos amigos están atados de manos y lucen un vestuario idéntico, reforzando su condición de figuras intercambiables ante la muerte.
Rosencrantz: (Mirando la soga) Está muy limpia, Guild. ¿Tú crees que la limpian para cada uno o es que hoy somos los primeros?
El Verdugo clava la vista en la soga con una confusión estática. Desvía la mirada hacia Rosencrantz y Guildenstern; los escruta, los cuenta en silencio. Regresa la vista a la soga solitaria. El desajuste es evidente. Rosencrantz y Guildenstern intercambian una mirada de inquietud contenida.
Guildenstern: (Con una calma excesivamente educada) Verás, es que ha habido, me temo, un error de bulto. Una errata en el inventario de cuellos. Nosotros no deberíamos estar aquí; de hecho, estadísticamente, es muy probable que estemos en otra parte.
El Verdugo se detiene en seco. Su mirada oscila, rítmica, entre la soga y los dos hombres. Tras un instante de vacío, exhala un suspiro cargado de un cansancio milenario que parece deformar la capucha. Sin mediar palabra, da media vuelta y abandona el escenario con la indiferencia de quien ficha a la salida de un turno interminable.
Rosencrantz y Guildenstern permanecen inmóviles, erguidos sobre la estructura de madera en una composición asimétrica y absurda. El sol incide vertical, castigando sus pupilas. Se ven obligados a achinar los ojos con violencia, transformando sus rostros en un mapa de arrugas y pura confusión existencial.
Guildenstern: (Gritando al vacío mientras el verdugo desaparece) ¡Oye! ¡Oye! ¡Que esto es... esto es para el otro! (El verdugo ya no está. Guild baja el tono, frustrado). Nosotros no hemos hecho nada... O por lo menos, en el cómputo global de las traiciones, hemos hecho muchísimo menos que los demás. Una cantidad de maldad despreciable y anecdótica. Nada, oye...
Rosencrantz: (Tras un silencio, parpadeando contra el sol) Es incorruptible.
Guildenstern: Todo el mundo tiene un precio. Tarde o temprano, todos caemos.
Rosencrantz: No, el error. Es un error perfecto. No admite sobornos ni explicaciones. Es una... cosa.
Guildenstern: (Frunciendo el ceño bajo el sol) ¿Una cosa? ¿Qué quieres decir con una cosa? Ha habido claramente un desajuste logístico. Alguien ha puesto un sello donde no debía, o alguien ha leído "Hamlet" y ha entendido "esto". Es un traspapeleo de almas. Por el que, por supuesto, voy a quejarme y pedir explicaciones cuando toque y a quien toque.
Rosencrantz: Lo peor es que nadie parece sospecharlo. El verdugo se va como quien termina su turno en la cantera. ¿Tú crees que está todo escrito en algún lado? ¿Allí arriba?
Guildenstern: ¿Allí arriba? ¿Cómo que allí arriba? Eso es otra historia.
Rosencrantz: Si este va a ser nuestro final, debo insistir en elegir esta soga… Espero que respetes los últimos deseos de un muerto.
Guildenstern: Todavía no estamos muertos.
Rosencrantz: Es una distinción técnica, Guild. El proceso está durando más de lo esperado y eso genera una ilusión de permanencia. Pero si alguien en Dinamarca ya ha gritado: "¡Rosencrantz y Guildenstern han muerto!", entonces ya somos un hecho consumado. Estamos vivos aquí, pero somos cadáveres en la conversación de otros. ¿Existe alguna diferencia entre respirar y ser un rumor?
Guildenstern: ¡Claro que existe! ¡Nos están asesinando! La diferencia es el nudo, Ross.
Rosencrantz: Pero el fin del asesinato, en todos sus sentidos y gramáticas, es la muerte. Al menos en la parte que nos concierne a nosotros, que somos el sujeto pasivo de la oración.
Guildenstern: (Tras una pausa, mirando el horizonte vacío) Supongo que tienes razón. No cambia nada.
Rosencrantz: No cambia nada para nosotros, que somos la víctima muda, pero para ellos sí… para el prestigio del suceso. Deberían gritarlo con una fuerza que parta el cielo: "¡Rosencrantz y Guildenstern han sido ASESINADOS!". Imagínatelo: Elsinor en un shock absoluto, las madres arrancándose el velo, los caballeros hincando la rodilla con un estrépito de acero frío, un funeral de honores donde el incienso nuble la vista hasta que todos los fantasmas y las sombras escondidas que habitan el castillo aparezcan para ver pasar nuestros féretros... hasta que el luto sea tan denso que ya nadie sepa quién es quién dentro de toda esta… cosa y que el peso de los actos corrompa el alma de sus habitantes hasta destruir en mil fragmentos su fe en la búsqueda de otra solución, otra que no sea el dolor.
Guildenstern: (Sin apartar la vista del frente, achinando los ojos) Pues eso será allí, porque aquí no ha venido ni Dios a vernos ser asesinados.
Rosencrantz: (Mirando su propia sombra en la madera) No estamos a la altura de las circunstancias.
Se hace el silencio sobre el cadalso . Guildenstern lucha contra el resplandor, intentando en vano escudarse tras sus manos, pero la luz es absoluta e invasiva . Rosencrantz, por su parte, claudica: baja la cabeza y desvía la mirada en un intento fútil de encontrar refugio en las sombras del suelo, pero el sol no ofrece tregua . El gesto no soluciona nada; siguen expuestos, sudando bajo la mirada de un cielo indiferente.
Guildenstern: Vaya día…
Rosencrantz: (mirando al sol) El tiempo está desquiciado.
Guildenstern: Y desfasado.
Rosencrantz: Y descoyuntado como nuestro cuello.
Guildenstern: Una suerte para nuestros hombros, que no tienen que aguantar su peso.
Rosencrantz: Maldita suerte la nuestra.
Guildenstern: Maldito rencor que me invade ahora.
Rosencrantz: Es difícil mantener el equilibrio con todas las cosas que pasan… ¿Qué diferencia hay entre un acto y sus consecuencias?
Guildenstern: Los actos son consecuencias. Y las consecuencias actos, Ross.
Rosencrantz: ¿Y quién tiene la culpa?
Guildenstern: El asesino.
Rosencrantz: ¿Y si todo es culpa nuestra, Guild?
Guildenstern: (Secándose el sudor, incrédulo) ¿En serio?
Rosencrantz: ¿Y si toda esta movida confusa sobre… sobre… la cosa de Hamlet… ¿Y si es culpa nuestra? Un error de cálculo en nuestra propia voluntad.
Guildenstern: Ross, estás a punto de morir y…
Rosencrantz: (Interrumpe alzando las manos atadas) Ser asesinado.
Guildenstern: Perdón, ser asesinado. Y lo que piensas es en eso… en que todo es nuestra culpa. Eres un egocéntrico patológico. Además, ¿no decías antes que todo estaba escrito allí arriba? Como si fuera un decreto burocrático o algo prefijado que nos obligaba a morir…
Rosencrantz: (Interrumpe otra vez) Ser asesinados.
Guildenstern: (Exasperado) ¡Perdón! Ser asesinados.
Rosencrantz: Lo que acabo de decir no es intrínsecamente malo. Piénsalo: si todo lo que está escrito allí arriba está escrito por nosotros, entonces esto es una forma de victoria, Guild. Si todo está prefijado por nosotros, entonces todos los encuentros fortuitos que hemos tenido han sido citas. Y todas las humillaciones a las que fuimos sometidos son una especie de penitencia necesaria. ¿Qué es un héroe sin una penitencia? Bajo esta luz, toda esta maquinaria de madera y cáñamo no sería más que un estiloso suicidio.
Guildenstern: (Mirando la soga con asco) ¿Y por qué te conformas con creer que tú has elegido tus desdichas? Es una forma muy retorcida de optimismo Ross.
Rosencrantz: Porque, en el fondo, es lo más gratificante. Morir por algo es mucho más fácil que vivir con ello, y yo elijo lo primero. Piensa en… Hamlet, por ejemplo. Él también ha elegido sus desdichas y ha elegido… no sé muy bien el qué… pero… sospecho que… ¿Ha elegido matarnos? Ves, ese es el punto. Lo ha hecho: seguramente sí... pero seguro que el acto en sí mismo, la ejecución de la idea…
Guildenstern: (Interrumpe, harto de la metafísica) Entonces es culpa del putísimo Hamlet.
Rosencrantz: (Parpadeando, confundido, responde tras unos segundos de silencio) ¿El qué?
Guildenstern: ¡El asesinato!
Rosencrantz: Bueno… visto lo visto… sí… técnicamente es el principal sospechoso de ser el autor material de la firma. Pero bueno… es más que eso…Él seguro que… esto en realidad no tiene nada que ver con él. Él es solo el mensajero de un desajuste superior.
Guildenstern: A mí me parece que todo tiene que ver con él. ¿Quién si no?
Rosencrantz: No, Guild, es más profundo. Hamlet es solo el pretexto para... Al final, nadie es nadie y todo se resume en esta… cosa… Guild… Es que… No me rompas mi arco de redención…
Guildenstern: Pero… Esta pátina individualista que me traes… En un caso como este… Si tu templo es el ser entonces no eres más que un fanático del deseo, un esclavo de tus estrechos y subjetivos sentimientos, te conviertes en un ciudadano de la nada. Estás solo ante tu ser que se cree libre, que en vez de morir por un tercero muere solo…
Rosencrantz: ¿Hablas de mí o de Hamlet?
Guildenstern: ¿Me estás escuchando?
Rosencrantz: No podemos estar siempre a la altura de nuestras circunstancias, Guild.
Guildenstern exhala un resoplido de frustración acumulada. Rosencrantz se frota el cabello con nerviosismo mientras proyecta la mirada hacia el cenit, buscando un refugio inexistente contra el castigo del sol. Tras un instante de tregua, Guildenstern fija la vista en Rosencrantz y asiente con una resignación pesada.
Guildenstern: El puto Hamlet…
Rosencrantz: Nos ha asesinado…
Guildenstern: Además, si asumimos que el método usado para eliminarnos fue la traspapelación de esa carta, estamos ante un acto de una frialdad administrativa espeluznante. Vamos, que en cuanto tuvo la oportunidad de delegar nuestra muerte a una oficina de correos extranjera, ni lo pensó. ¡Es un sistema basado en el intercambio de correspondencia letal!
Rosencrantz: Supongo que tenía que elegir entre su cuello y los nuestros… Y bueno, cuando la elección es tan binaria y el otro cuello tiene mucha más importancia institucional, es fácil tomarla. Somos víctimas de una estructura de poder vertical, Guild.
Guildenstern: No le defiendas, Ross, te ha matado.
Rosencrantz: Creo que el término jurídico adecuado sigue siendo “asesinado”
Guildenstern: No le defiendas, Ross, te ha asesinado.
Rosencrantz: Tienes razón, nos ha asesinado.
Guildenstern: Bueno, todavía no estamos muertos.
Rosencrantz: Pero vamos a estarlo, Guild, o ya lo estamos. ¿Qué importa si somos o no somos ya algo a estas alturas?
Guildenstern: Importa mucho.
Rosencrantz: Es una falsa equivalencia, Guild.
Guildenstern: Omnis determinatio est negatio.
Rosencrantz: El ser es la única realidad posible. Somos para la muerte, pero la muerte no es nada. Es un cambio de estado, pero no de realidad, porque para experimentar hay que ser. Pero yo soy optimista…
Guildenstern: Para mí que eres más bien un pesimista consumado.
Rosencrantz: Si esto está escrito por nosotros y esto es un estiloso suicidio… No hay nada más optimista que un suicida… Son los únicos que esperan que ese cambio de “ser” a “no ser” solucione algo. Sea algo. Produzca algo. Que esto sea algo… Algo tiene que ser si no…
Guildenstern: ¿Y quién eres tú que sin haber muerto va por el reino de la gente muerta?
Rosencrantz: A veces tienes que hablar sin esperar a estar a la altura de las circunstancias.
Guildenstern: Pues tienes razón… ¿Sabes qué?
Rosencrantz: ¿Qué?
Guildenstern: Que le jodan a Hamlet. (Pausa de asimilación). Ya está. Ya lo he dicho.
Rosencrantz: ¿Qué le jodan a Hamlet?
Guildenstern: (Ensañándose) Que le jodan.
Rosencrantz: (Asimilándolo) Que le jodan.
Guildenstern: Y voy a ir más lejos… Nada de esto es culpa nuestra…
Rosencrantz: No te atreverás…
Guildenstern: (Casi para sí mismo, con urgencia) Mira, el tema es que... Si Hamlet se convierte en un asesino antes de saber siquiera qué demonios quiere hacer con su vida, lo que está haciendo es... es absorber su propio final. ¿No lo ves? Su contradicción ya no es un dilema, es un puto ouroboros, Ross. En este acto, en este... este "traspapeleo" absurdo, en esta situación "desencadenada por"... lo que sea en lo que estemos metidos ahora mismo... Hamlet ha devorado su propia negación. No hay una "salida de Hamlet", Ross. Nunca la hubo. No existe un "afuera". Él juega con los símbolos solo para no sucumbir al colapso: separa el significante, que para él es una simple acta, un trozo de papel, una firma, nada más que palabras, del significado real: o sea, nuestro asesinato. Nuestra muerte. Nuestro sufrimiento. Es una trampa lógica, piénsalo: si "ser" consiste en definirse frente a lo que "no se es", y aquí Hamlet lo es todo... entonces su única salida es el colapso. No puede ser un héroe si no queda nadie que no sea él para presenciarlo. ¿Qué le queda entonces? Solo devorarse a sí mismo.
Rosencrantz: (Enfadado) Siempre haces lo mismo…
Guildenstern: Hamlet es un esquizofrénico, Ross, te ha matado…
Rosencrantz: (Harto de la aclaración) Asesinado.
Guildenstern: Te ha asesinado. Nos ha asesinado. Nos está asesinando. Nos va a asesinar.
Rosencrantz: Pero yo había construido mi nidito, Guild, mi nidito ontológico. Y vas tú y se lo das a él… Al innombrable…
Guildenstern: ¿A quién?
Rosencrantz: A el innombrable. A partir de ahora será el innombrable. No se merece más.
Guildenstern: ¿Quién?
Rosencrantz: El innombrable.
Guildenstern: ¿Pero quién es el innombrable?
Rosencrantz: Joder… HAMLET
Guildenstern: Ross, te pierdes en tus propias palabras.
Rosencrantz: Solo falta que me quites el don de la palabra.
Guildenstern: Solo digo que te ahogas en un vaso de agua.
Rosencrantz: Solo falta que me quites la palabra. Es lo único que nos queda.
Guildenstern: Solo te digo que también hay veces que es necesario estar a la altura de las circunstancias… Porque luego te comen… Ross… Te comen… Si Hamlet es el bien y el mal, la víctima y el asesino, la locura y la razón… ¿Qué coño somos nosotros?
Rosencrantz: ¿Quién?
Guildenstern: Hamlet.
Rosencrantz: (Haciéndole entender) ¿Quién?
Guildenstern: (Confundido) Hamlet.
Rosencrantz: (Desesperado) ¿Quién?
Guildenstern: (Mirándole como si fuera imbécil) Hamlet.
Rosencrantz: El INNOMBRABLE…
Guildenstern: Ah, vale.. SI… Joder…
Rosencrantz: ¿Somos parte de ese colapso Guild? El del innombrable. ¿Y cómo pasará del ser aboluto que es ahora a la nada absoluta que será en algún momento? ¿Qué seremos nosotros? ¿Qué va a hacer con nosotros?
Guildenstern: Él no es que no haga nada, es que lo convierte todo en materia… Su flujo es el deseo…
Rosencrantz: Entonces… Somos sus fragmentos… En un caso así no tienes nada. No defines nada. No tienes nada bajo los pies. Caes y no tienes a qué atenerte.
Guildenstern: No te vengas abajo Ross…
Rosencrantz: No veo cómo salir de esta Guild… No nos queda nada ya…
Guildenstern: Todavía nos queda el deseo y la palabra… El deseo es una fuerza positiva y productiva, es lo que mueve a Hamlet…
Rosencrantz: ¿A quién?
Guildenstern: Hamlet.
Rosencrantz: (Como si fuese obvio) ¿A quién?
Guildenstern: Al Innombrable… es lo único que queda. Es lo que induce su colapso y, al mismo tiempo, lo único que sobrevive a las ruinas. El deseo es inmanente, Ross, y trascendente, y asquerosamente productivo; nunca se destruye, solo se recrea en su propia positividad inductiva. Es el onanismo epistemológico de un asesino; eso es el deseo. El deseo se piensa a sí mismo mientras sucede, y entre medias, Ross... entre medias está nuestra voluntad. Es lo único que tiene el que tenemos nosotros: esa lucha inacabable del Yo sin la cual no podemos vivir.
Rosencrantz: ¿Qué diferencia hay entre la palabra y el suicidio? ¿Entre la vida y la muerte? ¿Entre el deseo y su propio fin?
Guildenstern: No te sé responder a eso.
Rosencrantz: ¿Por qué no?
Guildenstern: No se puede encontrar la verdad, Ross.
Rosencrantz: ¿Y qué nos hará libres?
Guildenstern: ¿Te digo la verdad?
Rosencrantz: ¿Cómo sabes la verdad?
Guildenstern: Solo sé decirla.
Rosencrantz: ¿Eso no es una mentira?
Guildenstern: Sé decirla, pero no experimentarla.
Rosencrantz: ¿Existe alguna diferencia?
Guildenstern: Decir la verdad te hará libre Ross, pero no hasta que haya acabado contigo.
Rosencrantz: ¿Quién?
Guildenstern: Nosotros, Ross.
Rosencrantz: ¿Estamos vivos o estamos muertos?
Guildenstern: ¿Existe alguna diferencia?
Rosencrantz: Claro, esto es una asesinato Guild.
Guildenstern: Esto no son más que palabras, palabras y más palabras.
Rosencrantz: Yo no necesito más.
Guildenstern: Pero todo duele.
Rosencrantz: Pero es lo unico que tenemos.
Guildenstern: Pero duele Ross, duele. Como puede ser que todo lo que siento sean solo palabras, palabras y más palabras.
Rosencrantz: ¿Y qué deseas Guild?
Guildenstern: Vivir y amar y ser amado… Ross, como todos… ¿Qué pregunta es esa?
Rosencrantz: Pero esas palabras, Guild... míralas. Están ahí arriba escritas, pero nos pertenecen porque somos nosotros quienes las estamos sudando. Pero no basta con vivir las palabras… "Vivir", "amar", "esperanza"... no significan nada por sí solas; son solo recipientes que llenamos con nuestra experiencia. El problema es que solo funcionan si hay confianza. Pero no una confianza lógica, de esa de contratos y pruebas... hablo de una confianza irracional, Guild. Infundada y estúpida. Una fe ciega en que, si yo te digo que esta incertidumbre me está destrozando por dentro, tú vas a entenderlo. Es poner tu vida al servicio de la comprensión del otro, aunque no tengas ninguna garantía de que no te vas a quedar hablando solo y que esto no va a llevar a ningun lado y tener la posibilidad de sentirte más solo de lo que ya estabas. Porque si solo te escuchas a ti mismo, Guild, te conviertes en un colapso. Te quedas solo.
Guildenstern: No siempre fueron nuestras las palabras.
Rosencrantz: Pero somos iguales a él en eso...
Guildenstern: ¿A quién?
Rosencrantz: A el.
Guildenstern: ¿A quién?
Rosencrantz: A el innombrable.
Guildenstern: ¿A Hamlet?
Rosencrantz: Él también se hundió en su propio mundo, Guild. Pero él no pudo dar ese salto. No tuvo el valor de confiar en que alguien fuera de su cabeza pudiera entenderlo. Por eso su mundo es un colapso eterno, un sistema que solo se muerde la cola. El deseo produce y se rerproduce, produce placer y odio y si no hay esperanza solo son tuyos. Todo es tuyo. Es un peso muy grande para los hombros de cualquiera y nunca vas a estar a la altura de las circustancias. Nadie, Guild... nadie puede estar a la altura de las circunstancias si está solo.
Guildenstern: ¿La palabra es la salvación?
Rosencrantz: La palabra es la redención.
Guildenstern: Y nuestra aniquilación.
Rosencrantz: No empieces otra vez.
Guildenstern: (señalando la soga) Por la boca muere el pez.
Rosencrantz: Nada hay bueno ni malo, es el pensamiento tras las palabras quien lo hace así.
Guildenstern: ¿Y un asesinato?
Rosencrantz: ¿Estamos vivos o estamos muertos?
Guildenstern: ¿Ya no te interesan las causas y los hechos? ¿La frontera entre tu culpa y la de los demás? ¿Entre lo que hiciste y lo que podías haber hecho? ¿Entre ser cruel y resentirte o ser piadoso y perdonar?
Rosencrantz: Soy cruel por ser humano, y piadoso por seguirlo siendo.
Guildenstern: ¿Y qué hacemos con el sufrimiento Ross? ¿Con todo lo que sentimos dentro?
Rosencrantz: Yo ya solo espero vivir mi muerte.
Guildenstern: Ross, pero yo estoy cansado de vivir atrapado en un fragmento de voluntad que aún no se ha apagado.
Rosencrantz: Entonces solo te queda la redención.
El Verdugo reaparece en escena portando la segunda soga. Avanza hacia ellos con una parsimonia irritante, sin rastro de prisa en sus pasos, como si el tiempo de los condenados fuera un recurso inagotable.
Guildenstern: Ross, tengo miedo.
Rosencrantz: Yo también, Guild.
El Verdugo procede con la frialdad de quien organiza un archivador. Ajusta la nueva soga y, con un gesto seco, ordena a Rosencrantz que ocupe su lugar bajo ella. Mientras el lazo se cierra alrededor de su cuello, Rosencrantz observa la otra cuerda con una expresión de indisimulada envidia; era, a todas luces, su soga predilecta. Dirige al Verdugo gestos de muda protesta, ofendido por el reparto arbitrario de los materiales.
Acto seguido, el Verdugo ciñe la otra soga al cuello de Guildenstern. Los dos amigos quedan sumidos en un silencio sepulcral. Con la indiferencia del operario que termina su jornada, el Verdugo desciende de la plataforma y, sin dignarse a mirarlos, posa la mano sobre la palanca.
Verdugo: (Con hastío) Buenas tardes, caballeros, bienvenidos a Ejecuciones Británicas de Bajo Coste. Mi nombre es Gervasio, su ejecutor de guardia. Bienvenidos a bordo de esta... construcción de madera. Por favor, mantengan sus manos atadas y sus cuellos rectos en todo momento para evitar mayores sufrimientos. (El verdugo saca un pergamino del bolsillo) Vale, veamos... Se les va a ejecutar por orden del Rey de... (pasa hojas con desgana) ...bla, bla, bla... bla, bla, blá... En fin, ya saben ustedes lo que habrán hecho mejor que yo, no vamos a perder tiempo con los detalles técnicos de sus traiciones, que tengo el caldo en el fuego. (Mira hacia delante, le da el sol y se hace una sombra con la mano) ¿No hay público? (Mira a las moscas) ¿Ni una triste viuda para tirar tomates?. Bueno, fantástico, menos papeleo. Bien, según la normativa vigente de la “Ley de Brevedad en el Patíbulo de 1542”, tienen derecho a unas últimas palabras. Tienen exactamente sesenta segundos por cabeza. Escuchad bien porque no repito: nada de alegatos políticos en contra de la Corona ni alegatos personales en contra del Rey de Inglaterra, su familia o cualquiera de sus aliados incluyendo primos segundos y mascotas reales, aunque se permite, eso sí, alegatos en contra de familiares o enemigos personales en el caso de mantener un lenguaje formal a la altura de la ocasión, sin insultos personales ni blasfemias de taberna. Se prohíbe mencionar a Dios si no es para pedir perdón por los pecados cometidos, se prohíbe la publicidad encubierta de cualquier negocio, servicio u ofrecimientos de primogénitos o viudas a cambio de dinero hacia terceros y se prohíbe taxativamente la promoción y la venta de órganos, partes del cuerpo o cadáveres por parte de los acusados a terceros, (Levanta los ojos del pergamino) que nos conocemos. Ah, y se prohíben los pedos y o escatología barata como metáfora sobre cualquiera de las anteriores censuras, haced el favor. En caso de que decidáis no hablar, se usará ese minuto o esa parte de tiempo restante como minuto de silencio en respeto al muerto de manera prospectiva por las autoridades, por lo que se os asignará un minuto a cada uno de forma obligatoria tanto si tenéis algo que decir como si no… Bien… ¿Quién rompe el hielo?
El silencio se espesa sobre la horca. Rosencrantz y Guildenstern intercambian una mirada cargada de acusaciones mudas antes de señalarse el uno al otro de forma simultánea.
Con la parsimonia de quien consulta un cronómetro de oficina, el Verdugo extrae un reloj de arena de su otro bolsillo y lo deposita en el suelo con un golpe seco. Observa durante un instante a los dos reos, enzarzados en una disputa de mimos histriónicos, y finalmente señala a Guildenstern con la indiferencia del que elige una ficha en un tablero.
Verdugo: (Dando la vuelta al reloj de arena) Venga, tú, por ejemplo, que no tengo todo el día.
Guildenstern se aclara la voz.
Guildenstern: Bueno… ¿Qué decir, no? Eh… La verdad es que… No sé exactamente… Se me han acabado las palabras… Pero quiero mandar un beso a mi ma—
Verdugo: (Interrumpe dando la vuelta al reloj de arena sin que, claramente, haya pasado un minuto) ¡TIEMPO… TIEMPO!
Guildenstern: (Quejándose efusivamente) Oye… Pero bueno… ¡Que no he estado ni treinta segundos!
Verdugo: No, no… El reloj de arena ha finalizado su curso, por tanto, tu minuto ha expirado. Cualquier palabra que emitas a partir de este instante es estrictamente ilegal.
Guildenstern: Pero bueno, Gervasio.
Verdugo: (Interrumpe) Agente.
Guildenstern: Pero, Agente, cuente mentalmente y dígame si eso no está estropeado…
Verdugo: Pero si para eso está precisamente el reloj de arena. Para no tener que contar mentalmente y poder estandarizar el proceso temporal. Si cuento a ojo, introduzco un sesgo humano intolerable…
Guildenstern: (A Rosencrantz) ¿Y tú no dices nada? ¡Defiéndeme, ¿no?! ¿Después de lo que hemos pasado?
Rosencrantz: (Se inclina hacia Guildenstern, le susurra) Acaba de decir que es ilegal.
El verdugo da la vuelta al reloj de arena y señala a Guildenstern.
Verdugo: Venga, ahora tú…
Guildenstern: Pero si acabo de habla—
Verdugo: (Dándole la vuelta al reloj) ¡Tiempo, tiempo! ¡Final de la intervención! ¡Es usted un orador nato, caballero, ha agotado su turno en un suspiro!
Guildenstern: ¡Esta vez no han sido ni 5 segundos!
Verdugo: Bueno, ¿listos, no?
Rosencrantz: Yo no he hablado. Señor.
Verdugo: Agente.
Rosencrantz: Perdón, Agente.
El verdugo se queda confundido. Y se da cuenta de su error.
Verdugo: Tienes razón. (Vuelve a darle la vuelta al reloj de arena) Te dejo un minuto rápido.
Rosencrantz: (A toda velocidad, hablando casi sin pensar) Te vendo mi cráneo.
Verdugo: (A toda velocidad, respondiendo sin pensar) Es ilegal.
Rosencrantz: (A toda velocidad, respondiendo sin pensar) (Señala con la cabeza a Guildenstern) Pues te lo vendo a ti.
Verdugo: (A toda velocidad, respondiendo sin pensar) Sigue siendo ilegal.
Guildenstern: (A toda velocidad, respondiendo sin pensar) ¿Cuánto?
Rosencrantz: (A toda velocidad, respondiendo sin pensar) Dos chelines.
Guildenstern: (A toda velocidad, respondiendo sin pensar) Catorce peniques.
Rosencrantz: (A toda velocidad, respondiendo sin pensar) Diez y una de mis costillas.
Guildenstern: (A toda velocidad, respondiendo sin pensar) Hecho.
Verdugo: ¡Tiempo, tiempo! Esto, por supuesto, constituye una transacción comercial no autorizada, por lo que su discurso no constará en acta y, en consecuencia, ha perdido la oportunidad de tener su minuto de silencio prospectivo… Y, por supuesto, una vez muertos no se efectuará el trato, así que su cráneo, su costilla y sus diez peniques serán incautados por la Corona en concepto de sanción por la infracción administrativa…
Rosencrantz y Guildenstern levantan los hombros conforme a su indiferencia. El verdugo se va hacia la palanca.
Verdugo: En fin… Pónganse rectos.
Rosencrantz y Guildenstern se miran.
TELÓN
El estrépito metálico de la palanca quiebra el silencio. La trampilla cede. Rosencrantz y Guildenstern caen al unísono. Bajo la estructura, se sucede el sonido rítmico de la asfixia y los estertores de dos cuerpos en suspensión. Sobre las tablas, resuenan los pasos del Verdugo alejándose con una cadencia monótona.
Guildenstern: (mientras se ahoga) No estamos a la altura de las circunstancias…