The Human Voice (2020), lo Camp y “Uy! Hola!”, de Alba Xeada

Si bien es cierto que yo de películas no sé mucho, transito el mundo con la credencial absoluta de decir que “viví mi infancia encima de un videoclub” (antes de ser absorbido por el paso a lo digital y ser reconvertido en un 24 horas de dudosa licencia, por supuesto). Además de ello, cada viernes hablaba en el mostrador no con un precario veinteañero americano bigotudo recién graduado de comunicación audiovisual (dios sabe que son la cuna del conocimiento), sino con una chica que no había estudiado carrera alguna y que, en su lugar, trabajaba por menos de lo que debería vendiendo chuches a preadolescentes y alquilando películas de una sección con cortinas a señores que seguro debían de dar mucho mal rollo.

Yo no sé de pelis pero si las disfruto, que es en el fondo el punto del cine (glup?), aunque me encantaría decir que el punto es sufrirlas cual catarsis elevadora del espíritu, salir una nueva y más persona del cine, y que encuentro sus metáforas sobre la sociedad posmoderna y las relaciones humanas “acertadas, concretas, edificantes”. ¡Que sí! No me vayan a malinterpretar. También soy un “alma sensible” según los pobres diablos que me tuvieron que impartir educación física en el colegio y tengo relativa experiencia en performar el papel del cinéfila que ha de ganarse el respeto de sus contertulios (un beso a Superpringadxs por permitirme poner otra chapa en mi banda de scout, sepan la llevo con orgullo). Pero en cuanto a pensar en lo subjetivo, en lo que me gusta a mí en concreto, en un ejercicio profundo, extenso y humillante de introspección, me decepcioné a mi misma encontrando que resueno, sinceramente, con lo básico y plano de lo kitsch (horror! pausa para que el lector deje de leer si lo desea).

El Camp no juzga demasiado. Digo que no demasiado porque sí juzga, de ahí la gracia de ser espectador y no participante, y más aún teniendo en cuenta que nada originado por la sensibilidad queer será nunca amable (y podéis citarme en esto). No es amable, no, pero sí comprensiva. Abraza que nos recreemos en lo ridículo de retozarse por la vida siendo unos caprichosos fracasados, que quieren cosas y no las consiguen (o sí) y mejor aún, que ambas dan igual. El Camp es el epítome del self awareness precisamente porque incide en lo actuado, lo falso, en una sensibilidad por el propio espectáculo (theatrum mundi, bla bla). Empieza y termina en sí mismo como todas las buenas cosas. En querer ocultar algo se reafirma lo verdadero por antonomasia, pero quizás por ser gallega me interesa más hablar las cosas de forma indirecta y dar las vueltas es más el punto que lo que se quería decir en un primer momento. De todas formas, el Camp nunca te exige nada; te responde con unas gordas comillas a cualquier cosa que le eches a la cara y con ello democratiza cualquier competición.

En cualquier caso, el tema que me puso a escribir a cuento de esto ha sido el ver The Human Voice (2020) anoche y el encontrarme otra vez aplaudiendo como una foca a la pantalla cuando se descubre que la casa es un decorado, pero es una casa también, pero no. Cine! Jolgorio! Hay que ver que gracia le hace a un tonto un lápiz. Sin embargo, si me dieran una moneda cada vez que me pasa podría hasta financiarme yo hacer otra más (y lo haría!!). Tomemos The Holy Mountain (1973) de Alejandro Jodorowsky, por ejemplo. En ella se cuentan las peregrinas actividades de un grupo selecto de personajes hiperbólicos en busca de la verdad absoluta, localizada, como no, en una montaña. 


Después del tedioso metraje que con 16 años me devané el cerebro en intentar seguir, estallé en una risa lunática cuando (spoiler!) llegaron finalmente a la susodicha montaña y apareció el equipo de rodaje recogiendo bártulos como respuesta a todas sus preguntas. Si! Ciertamente! Esa escena fue suficiente como para que la pusiera por bandera cada vez que alguien me preguntaba por mi película favorita. Había algo en ella, en aquel sueño febril de éxtasis de estímulos, que era diferente de alguna manera a lo que había visto hasta el momento. Sin duda, había comenzado mis andanzas de espectadora seria y formal con una humilde selección de películas que se creían mucho más importantes que el mundo (bastantes de ellas, los “clásicos” que me aseguraban los orangutanes con los que hacía artes marciales). Esta, a su vez, era también un grito por la grandilocuencia como todas las demás, pero en vez de presentarse como de costumbre, con un apretón de manos de excesiva fuerza y una sonrisa de autosuficiencia, esta película hacía un chiste self-deprecating pero extrañamente efectivo, de esos que conforman las películas de y para dorks que al final se levantan a la chica guapa de pelo de colores. Por primera vez, algo le ganó a lo pretencioso de estar encantado de conocerse y eso fue el antiguo talento de ser un pillo y un zalamero; el inefable arte de querer colársela a alguien y, oh dios mío, colársela efectivamente.

[Giovanni resalta que tres líneas después de mencionar The Human Voice cambio de tema de nuevo. AJAM]

En The Human Voice, nos encontramos con Tilda Swinton haciendo de un personaje autorreferencial y the-other-woman-crónico que se vuelve, lo que se dice, un poco loca, esperando a su ahora exsituationship, quien se suponía iba a recoger sus cosas tres días antes de los hechos que nos atienen. Y se suma una, todo esto (ya de por sí up my alley porque mujeres desquiciadas tema monográfico) a través de mis sueños de contrachapados, hormigón de naves industriales y techos técnicos. Aunque soy vagamente consciente de que incluir el set puede hacer referencia a esta fachada de relación que mantienen los protagonistas basada en papeles autoimpuestos por parte del personaje de Tilda Swinton (en el que su espacio seguro, su casa compartida a lo largo de su amor, es además una extensión de esa irrealidad atemporal que era para ella su pareja y ahora es llevada a la literalidad), en mi libertad Barthesiana lo tomé también como my thing y punch, que no es sino un gusto por recalcar lo escenificado que es lo trágico humano. Esto, a pesar de ser, junto a “desear a alguien”, el sentimiento más antiguo del mundo, en tercera persona siempre queda en ser testigo involuntario de un episodio de locura peculiar, en el que no puedes dejar de pensar “tía, es imposible que sea tan importante” hasta que te toca a ti la marrana y aaa, Ofelia palidece a tus pies. O bueno, igual no es tampoco ninguna de esas dos cosas y las cortinas son solamente azules, pero yo qué sé, en ese caso echaríamos persiana y ya.

La vulnerabilidad en este metraje (siempre he querido decir esto¡) se revuelve como una presencia asfixiante de la verdad, pero vivida de una manera tan pasional que resulta teatral de nuevo, llegando a lo que considero el sweet spot de querer decir algo tan honestamente que solo es posible a través de un pastiche de lo que se te ha dicho son las grandes cosas. Sin embargo, es en esa imitación que lo dicho no es solo lo dicho, sino que es dicho a través del lenguaje de las cosas bonitas. No bellas, ni sublimes, ni importantes. Bonitas. Como las cosas inútiles que guardamos en casa porque, dios, que fea es esa camiseta pero, dios, que feliz te hace la persona que te la regaló. 
Y boom, ahí estás, saliendo a la calle con 55 años con un gato lentejuelado que pone I love you sobre un fondo rosa chicle (que me compré con la intención de que fuera Camp sin conseguirlo, y que mi madre robó a escondidas para ponersela en cualquier contexto social solo porque es mía). Se puede hablar mucho de manera poco grácil pero con el lenguaje de lo bonito, y es ahí donde el Camp me junta con lo “acertado, concreto y edificante” que solo aguanto porque son sus amigos y sí, venga, me voy a tomar algo con vosotros que en el fondo con dos cervezas también sois unos salaos.

En muchas ocasiones, la belleza es en sí, también y llanamente, una artimaña. Y qué mejor artimaña que el cine y sus recursos cachivachescos, el arreglarlo todo en postproducción, la inexplicable magia que hace posible que la gente flote y hable sin trabarse y que las cuentas atrás de 15 segundos duren 5 minutos. Que los propios elementos cinematográficos aparezcan de forma tan evidente son para mí un “Uy! Hola!” que te recuerda que es un poco tonto y gracioso (and dare I say... you guessed it...) que te haga sentir tanto una cosa tan irreal y artificial como es la ficción. La pantalla en negro de los créditos devolviéndote el reflejo del moco aguado que ya te llega al labio de arriba. En esto he de citar a mi amigo Àlex que me dijo una vez que las películas que más le gustaban eran las que más parecían eso, películas. Claro está que él hablaba de cine francés de los 60 y yo hablo de flats vistos, pero el espíritu es el mismo. No hay nada más Camp (y por ende, divino en toda acepción) que el cine self aware.

Ya resumiendo, igual las cosas bien hechas son relevantes, que lo son y mucho, pero lo importante, lo importante de verdad, siempre tendrá una estela de fealdad e incorrección que te mire a los ojos con la intensidad de la estupidez de las gallinas (y de tu estupidez mirándolas de vuelta a ellas). Sea esta la verdad en la montaña o no, yo seguiré empapelando la pared de mi habitación con el manifiesto de Susan Sontag y viendo películas que solo me gustan si me hacen reír con sus tácticas baratas de ligoteo.

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