Kiefer Sutherland jamás ha hablado públicamente de Woman Wanted, la única referencia directa del actor respecto al film son las líneas que se le dedican en su web, kiefersutherland.com:
Woman Wanted is a 1999 film directed by Alan Smithee. It is based on a novel by Joanna Glass, who also wrote the screenplay. It stars Sutherland, Holly Hunter, Michael Moriarty, and Sutherland’s mother, Shirley Douglas.
The story is about a woman (Holly Hunter) who works as a housekeeper for a widower (Michael Moriarty) and his adult son (Kiefer Sutherland).
Woman Wanted es considerado por los menos estudiosos de la carrera de Smithee un punto y final. Sin embargo (a parte de las numerosas películas post-milenio para las que puso nombre, a nivel meramente burocrático) el film marcó el inicio de una nueva etapa profesional.
Trasladémonos al año 2000, en Johannesburgo. Smithee fue llamado por impulsos misteriosos que él decidió llamar destino, pero su quinta mujer, Priscilla Joanna Benson, decidió, por su lado, llamarlo “crisis de mediana edad”.
El doctor canadiense Antonio Armani era pálido. Tenía el pelo muy corto y decolorado, enmarcado con una visera de golf puesta de lado. Vestía una gran camiseta de hockey, sus pantalones empezaban justo encima de sus rodillas y llevaba unas recién estrenadas Air Jordan 14 modelo candy cane, rojo y blanco. Alan acudió a su encuentro a las 16:00 del 27 de junio.
El cuarto del hostel estaba lleno de humo y entre las paredes rebotaban bombos y cajas manufacturados por Dr Dre. Envases de Chicken Licken rodeaban una impoluta camilla de hospital.
Alan se sentó en el borde. Los recuerdos de las últimas palabras de Priscilla al salir de casa, las últimas que le dedicaría antes de su quinto divorcio, se esforzaban por resonar en su cabeza:
bla bla bla get your shit together bla bla bla bad movies bla bla bla ugly hair bla bla bla divorce now.
Y quizás tenía razón. Me aventuro, como experto en la trayectoria profesional y psicológica de Smithee, a asumir que, mientras una mano insertaba un rígido pelo en su enrojecido cuero cabelludo, Alan estaba pensando en que era el momento de cambiar.
Diez horas de tratamiento intensivo más tarde, sonaron los disparos. En el pasillo del hostel, Broden Ferguson, cabeza del movimiento Bald and proud abrió fuego contra Big-gun Tommy, el (y cito) “homie del doctor Armani”.
Toda la planta fue arrestada. Alan Smithee pasó los siguientes tres días en comisaría con una mitad de su cabellera poblada por renovados folículos y la otra tapada por un durag color fucsia. Debido a la hemorragia, Smithee pasó consciente sólo cinco horas, en las que aprovecharon para intentar tomar sus declaraciones.
PA– Name?
AS– Maaaan, i'm bleeding.
PA– Name, please?
AS– Josh Herbert Smithee, that’s me, sir.
PA– Is that your name?
AS– W-What?
PA– Josh Herbert Smithee.
AS– Please, call me Alan. Josh Herbert was my father.
PA– Alan Smithee, then?
AS– Yes, don’t you know me?
PA– Should I?
AS– Do you like the hellraiser saga?
PA– The… what?
AS– I made the fourth one.
PA– What were you doing in the Soweto Hostel the night of the twentyseventh?
AS– I… I mean… Mmmh… I… Don’t remember.
PA– Are you familiar with the “Bald and proud” terrorist group?
AS– What? No? I’m from Hollywood, actually.
PA– …
AS– Hellraiser, man. Hello?
PA–...
AS– Are you familiar with the 1997 action thriller Dilemma? Danny Trejo. You know? From Heat. Danny Trejo, man. Dilemma. With Danny Trejo.
PA– Guys, is he…? Can he talk? He sounds… he might have a concussion or something.
Más que ¿está Smithee bien? la pregunta que a uno se le plantea al analizar la transcripción es ¿quién es el simpático policía?
La respuesta es el agente johanesburgués Stewart Kryston, galardonado con el premio, no certificado pero cargo de un alto valor simbólico, al agente menos violento de Braamfontein de 1995 a 2008, otorgado en la barbacoa anual del cuartel, que marcaba el inicio del verano (a finales de diciembre).
Kryston describió, en una entrevista del periódico local, el origen de su inacabable paciencia.
En 1990, Stewart vivía consumido por un rencor leve pero persistente hacia su mujer por su éxito como escaladora profesional frente a su inutilidad de mantener su trabajo como vendedor de bates de béisbol. En un ataque de celos, Stewart escaló el Devil’s Peak con el único propósito de devaluar los hitos y sueños de su mujer. Accidentalmente, en la cima encontró la paz.
Pero el agente Stewart no tiene mucho más que ver con Smithee. De hecho, es el momento de un salto temporal:
Jud Taylor ya había cruzado la puerta trasera del Santa Monica Courthouse con el rostro desencajado y la amarga asimilación de que tendría que someterse, por segunda vez consecutiva, a una serie de humillantes trabajos comunitarios, pero que esta vez no serían tan comunitarios. Aquello era el resultado directo de la agresiva agenda legislativa que el comité del gobernador republicano Ronald Reagan había implantado en el estado de California, se trataba de una reestructuración punitiva camuflada tras la ruidosa cortina de humo de la famosa Proposición 1 de 1973. Bajo el pretexto del control del gasto público, la administración Reagan había privatizado de facto el cumplimiento de las penas menores, derivando a los condenados a una suerte de bolsa de empleo gratuito para la élite de Los Ángeles. Debido a este perverso vacío legal, Taylor se vio obligado a limpiar piscinas cloradas en Hollywood Hills, aparcar coches frente a los vestíbulos de los hoteles de Sunset Boulevard, ejercer de asistente de compras para ancianas adineradas de Pasadena e incluso oficiar de chófer privado. Sin embargo, la tarea más psicológicamente demoledora consistía en recuperar bolas de golf en orografías francamente inverosímiles —como las copas de las palmeras, ciénagas artificiales, tejados residenciales o, en el colmo del absurdo urbanístico, la mismísima cocina de un Jack in the Box colindante al hoyo 3 del campo de golf de Encino; un establecimiento en cuyos fogones aterrizaba, debido al viento lateral mañanero, aproximadamente el 20% de las bolas lanzadas por ejecutivos del petróleo y del entretenimiento, quienes, inmediatamente después del impacto y mientras el proyectil aún surcaba el aire, pronunciaban un profético e indiferente «Goddammit to hell» para olvidarse al instante de su destino, dejando que la bola terminase impactando contra la parrilla industrial del restaurante ante el rutinario estupor del encargado del turno de mañana.
En la primavera de 2015, una anciana residente en Santa Clarita ingresó en el servicio de urgencias hospitalarias aquejada de un persistente y agudo dolor abdominal. Las radiografías subsiguientes revelaron la presencia en su tracto digestivo de una bola de golf de la marca Titleist de principios de los setenta; un proyectil que, según se dedujo tras la investigación forense, se había alojado de forma intacta y perfectamente mimetizada en el interior de una hamburguesa del Jack in the Box sin que ni el parrillero de la época ni la propia consumidora se percatasen del anómalo añadido. El hallazgo clínico batió oficialmente el récord Guinness mundial de «mayor permanencia de un objeto esférico de uretano en un estómago humano» por el estrechísimo margen de veintitrés horas. La pieza fue posteriormente subastada en el mercado negro de rarezas de Los Ángeles, alcanzando la astronómica cifra de 200.000 dólares por un pujador anónimo. Años más tarde, los reporteros de investigación del The Hollywood Reporter lograron desvelar la identidad del comprador en lo que prometía ser una de las exclusivas más morbosas de la década, ya que el misterioso coleccionista no era otro que el todopoderoso productor Harvey Weinstein, quien custodiaba en su mansión una inclasificable y perturbadora colección privada de objetos variopintos cuyo único y estricto denominador común era que todos y cada uno de ellos habían habitado temporalmente en el interior de un cuerpo humano. Para desgracia editorial de la revista, el artículo jamás llegó a capturar la atención del gran público porque exactamente el mismo día en que el borrador de la exclusiva fue enviado a imprenta, estalló a nivel global el movimiento mediático #MeToo. Súbitamente devorado por el colapso de su propio imperio, Weinstein se vio obligado a concentrar su menguante energía legal en defenderse de acusaciones de índole penal sustancialmente más graves que la posesión de parafernalia gástrica, dejando al The Hollywood Reporter sin su ansiada y extravagante primicia.
Al tratarse de una figura medianamente reconocible en los círculos de la serie B, el rumor de su degradación laboral no tardó en filtrarse a los periódicos locales. La prensa de cotilleos de la Costa Oeste hizo su agosto cuando trascendió que Taylor había conducido a un magnate petrolero de Texas en una timba salvaje por los casinos de Las Vegas; una flagrante violación de su libertad bajo fianza que quebrantaba la jurisdicción del Estado de California y que el juez penalizó añadiendo dos meses adicionales a su condena. Así, Jud pasó el invierno desnatando las hojas muertas de las piscinas de Beverly Crest pertenecientes a actores de éxito y productores ejecutivos de toda índole, soportando el escarnio público de la prensa y las mofas solapadas de sus antiguos compañeros de gremio. El verdadero drama de la situación radicaba en una inapelable doble vara de medir estética, porque si un arresto por embriaguez y vandalismo botánico lo protagonizaba un galán de moda o una estrella del Nuevo Hollywood cinematográfico, el público lo asimilaba como el comportamiento excéntrico y magnético de una rockstar; pero Jud Taylor, dicho esto con el máximo respeto a su fisionomía y sin ánimo de ofender en demasía, no poseía la fotogenia ni la prestancia de una estrella del rock que digamos.
Durante aquel durísimo calvario de seis meses que se prolongó hasta finales de 1974, Taylor ingresó de forma voluntaria en Alcohólicos Anónimos para intentar embridar el severo alcoholismo en el que se había sumido tras su fulminante despido en Fade-In. Tras tocar fondo absoluto, estabilizar precariamente su química cerebral y obtener un empleo como vigilante de seguridad nocturno en un tétrico parking subterráneo de Westlake South, Jud comenzó a aporrear las teclas de su máquina de escribir. No tenía la menor esperanza de que aquel manuscrito se filmase jamás; simplemente experimentaba la necesidad patológica y terapéutica de evacuar sobre el papel el trauma, la bilis y el desprecio institucional que había acumulado durante su caída. Fue exactamente en esa penumbra subterránea, entre el olor a monóxido de carbono y neumáticos quemados, donde germinó el guion de City in Fear (TV movie of the week, march 30th 1980).