Ecos de la Nada 1

 


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Para empezar, está la cinta. Un cartucho de plástico negro y textura estriada de 18,7 por 10,4 por 2,5 centímetros, con un peso exacto de 185 gramos. Está adornado con una etiqueta mecanografiada —probablemente con una máquina Olivetti de cinta gastada— cuyos bordes se curvan y amarillean bajo una vieja tira de celofán reseco: Ничего (Nichego), Valery Dirgov, 1978.

A principios de los años noventa, Frédéric Malot, un joven que habitaba un apartamento de veintiocho metros cuadrados en el cuarto piso del número 12 de la rue de Belleville —un espacio de techos bajos donde el polvo parecía levitar de forma perpetua y donde olía ininterrumpidamente a salmón a la plancha y eneldo por culpa de las deficiencias del conducto de ventilación que compartía con el restaurante de la planta baja—, adquirió este casete en Le Comptoir du Magnétique, un establecimiento de compraventa situado en el número 43 de la rue de l’École-de-Médecine al que acudía con una regularidad de metrónomo cada martes a la tarde a las 17:04, inmediatamente después de abandonar su puesto en la administración pública. El local consistía en un rectángulo de apenas dieciocho metros cuadrados que exhalaba un aroma compuesto a partes iguales por cartón húmedo, ozono de tubos fluorescentes en mal estado y el tabaco frío de un propietario de fisonomía pesada —un cuello de cuarenta y siete centímetros de circunferencia, una chaqueta de napa con manchas de grasa de motor y una calva permanentemente sudada que brillaba bajo la escasa luz del local — a quien Malot jamás osó dirigir la palabra por miedo a confirmar su supuesta vinculación con el estraperlo de mercancías en los puertos del Báltico. Allí se hacinaba la mayor concentración de cintas Secam de Europa del Este de todo el margen izquierdo del Sena, distribuidas en cajones de madera de pino sin cepillar que acumulaban un estrato de polvo de dos milímetros de grosor. Malot dedicaba una media de setenta minutos a revolver aquellos contenedores le fond du panier de “Todo a 3 francos”, donde la yema de sus dedos terminaba adquiriendo un tono negruzco por el roce constante con las carátulas de plástico barato. Buscaba, por puro cálculo de probabilidades, una grieta en el sistema. Aunque si bien los ejemplares de Tarkovski, Konchalovsky o Ryazanov eran filtrados con celo por el dueño para ser vendidos con un recargo de cincuenta francos, a menudo afloraba un error administrativo o una laguna taxonómica. Así ocurrió con una edición de cartón machacado y lomo desgastado de Popiół i diament de Andrzej Wajda (1958, duración: 103 minutos), que por una ignorancia tipográfica absoluta alguien había clasificado en el subapartado de “Documentales de pesca y variedades regionales”.

Por aquel entonces, el esnobismo chic de la Rive Gauche exigía que cualquier aspirante a erudito consumiera VHS de Europa del Este; la pátina grisácea del Telón de Acero confería un aura de respetabilidad casi instantánea. Malot insertó la cinta en su reproductor JVC, observó la película durante sus noventa y cuatro minutos exactos y sintió, de manera rotunda, innegable y definitiva, una absoluta indiferencia.

El asunto habría terminado en el estante de la letra N, encajonado entre un documental naturista noruego sobre la conservacion de la angila y una copia pirata de Nosferatu, de no ser por un encuentro fortuito tres meses después. Ocurrió en una mesa de formica de una cafetería de la rue de Lourmel. Frente a dos tazas de café con leche que se enfriaban lentamente hasta alcanzar la temperatura ambiente, Malot descubrió que su interlocutor, un tal Esteban Gautier —técnico de limpieza municipal adscrito a las brigadas de barrido de Saint-Germain, cuya vocación enciclopédica por la historia del séptimo arte le obligaba a frecuentar cineclubes y videoclubes de los veinte arrondissements de la capital—, también había visionado la obra. Lo que siguió fue el levantamiento de un acta notarial de descubrimientos sorprendentes y extraños. Durante cuatro horas, enumeraron sus impresiones para descubrir que coincidían milimétricamente. Era una simetría emocional aterradora. Ambos sentían que la película poseía un subtexto latente, una arquitectura emocional relacionada no tanto con la pérdida, sino con lo que nunca se ha tenido. Retrataba fielmente el letargo y el estancamiento soviético de la era Brézhnev, pero, irremediablemente, la cinta no terminaba de funcionar. Era un ecosistema de mediocridad perfecta; una construcción en la que no faltaba ni sobraba un solo ladrillo, pero en la que nadie en su sano juicio querría habitar. Un seis exacto. Ni más, ni menos.

El azar, que suele operar mediante la estricta ley de la gravedad, intervino en el invierno de 1994. Los tacos de expansión de seis milímetros de la precaria estantería del salón de Malot colapsaron, cediendo ante el yeso fatigado por el peso acumulado de las vanguardias húngaras (Péter Forgács, Gábor Bódy, László Moholy-Nagy, András Jeles), polacas (Zbigniew Rybczyński, Józef Robakowski, Stefan Schabenbeck) y rusas (Dziga Vertov, Vsevolod Pudovkin, Kira Muratova, Evgeny Yufit). El resultado fue una avalancha incontrolable de polímero negro y banda magnética sobre el parqué encerado. Obligado a liquidar parte de su inventario por pura necesidad espacial, Malot distribuyó pequeños anuncios clasificados de treinta palabras por correo postal y en los tablones de corcho de los videoclubes del distrito XIV. Decidió poner a la venta o al intercambio únicamente los VHS mediocres; por tanto, Ничего se encontraba en el centro de aquel catálogo de saldos.

Así fue como una tal Marie Rossi contactó con él. Marie quería Nichego para confirmar una obsesión que la consumía desde hacía años. Un colega del archivo municipal le había hablado de un fenómeno inaudito: una película soviética en la que el consenso crítico y público era de una uniformidad pasmosa. Cualquier reseña, ficha de catálogo o nota al pie que Marie rastreaba, por insignificante que fuese, calcaba los adjetivos, la longitud y la apatía de la anterior. Había un consenso generalizado que resultaba excitante por su pura improbabilidad estadística. Fascinado por esta arqueología de la apatía, Malot la invitó a su apartamento. Sentados en un sofá de escay verde en el que te hundias demasiado y se te pegaba a los muslos, reprodujeron la cinta en silencio absoluto. El experimento buscaba que ambos, plenamente conscientes del fenómeno sociológico que envolvía a la cinta, lograsen escudriñar la pantalla buscando una grieta, un destello de genio silenciado o un error catastrófico que justificara la existencia de aquellos fotogramas. Fracasaron. Al terminar, con el sonido de estática del televisor de fondo, la indiferencia de ambos era idéntica a la de la primera vez. Tras este incidente, Malot decidió investigar metódicamente la recepción documental de la película.

En otoño de 1996, Malot publicó L'Écho du Néant: Une Autopsie de Nichego. Fue un volumen en rústica de 142 páginas, con una cubierta de color gris marengo mate (código Pantone 431 C), del cual apenas se vendieron unas cien unidades antes de ser descatalogado definitivamente en 1998. La crítica cultural oficial lo ignoró con la misma eficiencia funcionarial con la que la película de Dirgov ignoraba cualquier conato de emoción. El libro consistía en un ensayo sobre el tedio, desglosando el rol de la apatía en el arte como vía de desvinculación y como una posible salida de emergencia frente a los inminentes mecanismos posmodernos del capitalismo de tercera fase. Este argumento se apoyaba, ya desde los agradecimientos preliminares, en una cita del polémico dramaturgo, pensador y crítico de cine Adrian Piotrovsky. Extraída de un borrador mecanografiado e inconcluso titulado Ensayo sobre la nada, la frase servía de epígrafe general de la obra: "El cine soviético alcanzará su cénit cuando no tenga absolutamente nada más que decir".

A pesar de su nula repercusión en el mercado editorial, el texto de Malot encontró un último refugio topográfico en el distrito XI. Allí, un cineclub de barrio congregaba cada dos jueves a una veintena de jóvenes en torno a un fanzine engrapado a mano, impreso en multicopista y que olía fuertemente a tinta fresca, llamado Parachute. Acogido por esta secta urbana fascinada por la intrascendencia, Malot fue invitado a participar. A los jóvenes no les interesaba tanto el aburrimiento como arma política de combate anticapitalista, sino la disección del vacío como experiencia estética pura. Malot aceptó. Lo hizo bajo el alias de "Héctor M. Low-Profile", publicando una serie de exégesis mensuales sobre la planimetría del aburrimiento, visiblemente influenciado por las discusiones de madrugada con los jóvenes del cineclub.

Su producción bibliográfica cesó de manera definitiva en la primavera de 1999, cuando un repentino ataque al corazón en la cola de la oficina de correos del boulevard Voltaire puso fin a su vida con una abrupta falta de clímax.

La liquidación de los bienes materiales de Frédéric Malot se llevó a cabo durante el húmedo otoño de 1999. El desmantelamiento de la colección corrió a cargo de Julienne Malot, su hermana mayor, asistida en tareas de catalogación por tres miembros del cineclub Parachute. Tras una criba que duró cuarenta y dos horas distribuidas en dos semanas, Julienne retuvo la propiedad de trescientos catorce títulos de alto valor sentimental o rareza comprobada. Las tres mil novecientas dos cintas restantes fueron embaladas en setenta y cinco cajas de cartón corrugado de doble canal y ofrecidas en calidad de donación al Departamento de Audiovisuales de la recién inaugurada sede François-Mitterrand de la Biblioteca Nacional de Francia (BnF).

Sin embargo, las instituciones estatales poseen sus propios mecanismos inmunológicos. Siete semanas más tarde, la BnF emitió un dictamen de expurgo en papel timbrado. El comité archivístico rechazó doscientas dieciocho cintas; entre ellas se hallaba la copia de Ничего, que por un error de inventario permanecía en la caja de descartes; dado que su carga afectiva era propiedad de Frédéric y no de Julienne, nadie reparó en el vacío de 18,7 centímetros que restaba en la cuadrícula de la estantería, alterando la geografía emocional de los Malot. En el anexo justificativo, bajo la signatura provisional de entrada B-4402, un funcionario anónimo había estampado el sello de caucho rojo con la inscripción «Rejeté: Doublon / Sans intérêt patrimonial». La cinta no cumplía los requisitos estéticos de la nación, carecía de un origen certificado y su banda magnética de dióxido de cromo comenzaba a mostrar signos microscópicos de desmagnetización.

Devuelto a la categoría de estorbo doméstico, el cartucho de Dirgov fue vendido a granel el 14 de febrero de 2000. Formó parte de un lote indivisible de ochenta y cuatro casetes despachado por ciento veinte francos al Ciné-Sphère, un videoclub de quinientos metros cuadrados situado en el número 62 de la rue de Cléry. Era uno de los últimos reductos del Distrito II que mantenía un modelo de negocio híbrido, alternando el alquiler tradicional con la compraventa de copias originales para coleccionistas. El dependiente de Ciné-Sphère clasificó Nichego de forma indulgente en la sección «Cine de Autor Europeo», adjudicándole una etiqueta de precio de treinta y cinco francos, blindada bajo una doble capa de cinta adhesiva transparente.

Allí comenzó el lento borrado de su rastro. A partir del año 2001, las estanterías del Ciné-Sphère sufrieron una invasión geométrica ineludible: los voluminosos estuches rectangulares de polímero opaco fueron siendo desplazados por ligeras cajas de plástico amarre (estilo Amaray) de catorce milímetros de grosor, que albergaban discos de policarbonato de ciento veinte milímetros. La guerra del DVD, sumada a la irrupción de las antenas parabólicas y los decodificadores digitales de CanalSat, provocó un colapso en la rentabilidad del espacio comercial y una mutación ontológica en la propia naturaleza del consumo cinematográfico. 

Las huellas dactilares sobre el plastico desgastado, las esquinas de cartón abiertas por la uña del cliente, las etiquetas amarillas con el lema «Pensez à rembobiner» fijadas con adhesivo de contacto y  los cargos de diez francos derivados de la devolución de cintas detenidas en el minuto noventa desaparecieron; el aire del local, antaño cargado de ozono y el leve aroma de la banda magnética de dióxido de cromo, se esterilizó bajo el flujo de transacciones aceleradas y portadas brillantes libres de etiquetas superpuestas; el catálogo se expandió mediante una hipertextualidad de pistas técnicas: menús interactivos divididos en celdas navegables, comentarios de audio en la capa 2, subtítulos en ocho idiomas y escenas eliminadas que funcionaban como piezas sueltas de un atestado administrativo; el espectador abandonó la servidumbre del flujo lineal para ejercer el escrutinio de un láser rojo de 650 nanómetros capaz de diseccionar elipsis y pausar la imagen sin la vibración característica del cabezal sucio; se instauró la soberanía del cinéfilo forense, un sujeto que auditaba el proceso de su fabricación; en este nuevo ecosistema el vacío inescrutable y la planimetría del aburrimiento de una obra como Ничего resultaron, sencillamente, una anomalía contable, un residuo tipográfico destinado a la insignificancia absoluta. 

Asfixiado por la transición digital y la devaluación extrema de su inventario, el local de la rue de Cléry cambió de propietario en septiembre de 2004. En el inventario de traspaso, la sección de VHS fue clasificada contablemente como «residuo plástico». Las cintas fueron hacinadas en cestas metálicas de malla de alambre dispuestas en la acera, bajo el reclamo fluorescente de «Vide-grenier: 1€ la pièce / 5€ le Kilo». Es en este magma de liquidación donde la trayectoria física de Nichego desaparece de los registros humanos. Para cuando la tienda bajó definitivamente su persiana metálica en mayo de 2006, para ser transformada, tras tres meses de obras y una capa de pintura blanca plástica, en una franquicia de lavanderías automáticas.  

La trazabilidad física de este trozo de plástico retrocede hasta una tirada experimental fabricada durante el otoño de 1988 en las plantas de duplicación de Lenfilm. El embalaje original, una funda de cartoncillo blando de con los colores cian y magenta visiblemente mal alineados en la rotativa, formaba parte de un palé destinado a la televisión pública polaca y a los primeros wypożyczalnie kaset wideo, los videoclubs recién inaugurados en Varsovia, Cracovia y Łódź. Estos locales, ubicados invariablemente en semisótanos con escasa luz natural, olían a carbón de calefacción, a linóleo fregado con amoniaco y al humo denso y acre de los cigarrillos Klubowe. La exportación obedecía a una maniobra comercial de la agencia estatal soviética para saturar las estanterías de aglomerado con celuloide del bloque del Este, un intento preventivo de contener la inminente demanda de películas de acción occidentales pirateadas.

La unidad de Ничего permaneció estática en el anaquel de un local de la calle Piotrkowska en Łódź durante treinta y ocho meses. El registro de alquileres del establecimiento documentó cero salidas. El 26 de diciembre de 1991, la disolución de la Unión Soviética generó un vacío logístico instantáneo. Los canales de distribución pública colapsaron, por lo que los contratos perdieron su base jurídica y el responsable de los inventarios desapareció en un limbo administrativo interministerial. Los dueños de los videoclubs, sin liquidez para mantener el volumen físico de la vieja guardia soviética, frente al empuje comercial de los cartuchos occidentales, liquidaron el fondo de catálogo al peso.

Nikola Kirsky, un emigrante serbio en tránsito, adquirió un lote de quinientas cuarenta casetes soviéticas. La copia de Ничего viajó encajada junto a discos de vinilo de Elvis de la discográfica Jugoton y láminas de santos ortodoxos dentro de una caja de cartón corrugado de plátanos Fyffes. El cargamento cruzó Europa en la parte trasera de una furgoneta Renault Trafic del 84 con la suspensión vencida, impregnando el cartón poroso de las fundas con el olor persistente a gasoil mal quemado y a la humedad de la tapicería de nailon.

Para el verano de 1992, Kirsky había transformado esa inversión inicial en un local abierto al público en París: Le Comptoir du Magnétique. En el cristal del escaparate, opacado por marcas de lluvia reseca y contaminación del tráfico, un letrero escrito a mano con rotulador de tiza blanca anunciaba: Films étranjers. La fricción de la punta de fieltro contra el vidrio había dejado un rastro translúcido e irregular en la curva de la jota. Frédéric Malot detuvo su marcha matutina frente a ese cristal. Llevaba un abrigo cruzado de lana cheviot que le rozaba la parte posterior de las rodillas y un maletín de cuero de vaca cuyas hebillas de latón tintineaban a cada paso en su trayecto hacia la oficina de la administración pública. El sonido de los neumáticos sobre el asfalto mojado quedó anulado por su concentración en la grosera anomalía ortográfica. La rudeza de aquella jota, sumada a la explicitud y la contundencia balcánica del nombre de la tienda, destilaba un francés tan rudimentario y extranjero que a Malot le provocó una sonrisa mecánica y una curiosidad apabullante. 


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SINOPSIS

En las afueras grises de Leningrado, Alexei, un chico de trece años, sobrevive a la sombra de una madre exhausta y la misteriosa desaparición de su padre alcohólico. Junto a su amigo Daniil, Alexei emprende un viaje desesperado por las periferias industriales para encontrarlo y reconstruir la familia que nunca tuvo. Pero en un entorno marcado por la decadencia, la búsqueda se transforma en un deambular sin rumbo donde un violento encuentro fortuito cambiará su destino para siempre. Un desgarrador drama sobre la madurez forzada y los lazos rotos. 

FICHA TÉCNICA

    Título original: Ничего (Nichego)

    Director: Valery Dirgov
    Guion: Valentin Krasnogorov y Valery Dirgov 
    Fotografía: Anatoly Lapshov (35mm, Blanco y negro)
    Montaje: Tamara Denisova 
    Música: Viktor Lebedev.
    Producción: Iosif Naumovich Polyakov, Frida Markovna Kaplan, Boris Pavlenok. 
    Diseño de Producción: Valery Yurkevich
    Productora: Lenfilm / Goskino
    Estreno: 14 de noviembre de 1978 (Cine Cosmos, Moscú)
    Duración: 94 min.
    País: Unión Soviética (URSS)
    Género: Drama.




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Iskusstvo Kino (Искусство кино) – Nº 11, Noviembre de 1978 

Crítica de «Ничего», dirigida por Valery Dirgov. Por Por Neya Zorkaya. 

Hay un peligro latente en el joven cine contemporáneo que se empeña en confundir la densidad psicológica con el mero estancamiento del metraje. Si bien en su largometraje «Ничего»  el director Valery Dirgov parece confundir por momentos estos dos caminos, ofreciéndonos un cuadro de cierta pasividad moral, dicha inercia se ve reflejada en una voluptuosa realidad, filmando el deambular apático del joven Alexei con un estatismo que nos recuerda, quizás con excesiva insistencia, a los paisajes alienados de Antonioni. Aún libre de una redención tradicional, la cinta dota al protagonista, Alexei, de la oportunidad de alzarse ante los estragos causados por unos padres desatendidos. Así, su microcosmos plasma la transición de niño a ciudadano; una trasformacion hacia a un heore cotidiano que, en su particular redención, se erige como héroe en una revisitación libre del clásico Bildungsroman.
Ambientada en los suburbios de Leningrado, la cinta intenta retratar los conflictos internos del joven Alexei. Sin embargo, el guion comete, por momentos, el error metodológico de confundir el realismo con el mero estancamiento. Dirgov priva a su héroe de toda voluntad durante gran parte de la primera mitad del filme, convirtiendo el deambular apático por el paisaje industrial en una experiencia ciertamente tediosa, que parece imitar los vicios del cine existencialista de la Europa occidental (particularmente el esteticismo alienante de Antonioni).
No obstante, el punto de quiebre de la obra —el encuentro con el vagabundo— adolece de un simbolismo algo tosco y fatalista, pero que resulta innegablemente efectivo y conmovedor hacia el final de la película. Aunque de primeras parece contradecir el optimismo de nuestra sociedad, termina por inducir la transformación necesaria para que Alexei logre la estabilidad. El plano final del joven limpiando la cocina en silencio funciona, por tanto, como una victoria sobre las circunstancias, pero también como una capitulación ante la melancolía. «Ничего» es una obra que a ratos se siente fallida, que tropieza a menudo en sus pretensiones formales, pero nos regala el retrato de una dignidad tan íntima y cercana que es imposible ignorarla.

4

Para todos los que vivían más allá del Anillo de los Jardines, y más concretamente en los bloques de paneles prefabricados de la serie II-49 en el distrito de microdistritos de distincta periferia, el transporte urbano delimitaba tus experiencias. Es lo que Alex le repetía a Iván durante los trayectos en los vagones del modelo Ezh3. A Iván le llamaban “Iván el tonto”, en alusión directa al Ivanushka Durachok del folclore ruso decimonónico recopilado por Afanásiev como ese arquetipo de joven ingenuo, compasivo y desprovisto de astucia que, por pura inercia de su bondad, termina obteniendo el favor del Zar y la mano de la princesa. A Iván le gustaba Charlotte. Ella también habitaba fuera del Anillo. Compartían la línea 7 (Zhdánovsko-Krasnopresnenskaya), identificable en los mapas de la red por su trazo de color violeta. Para asistir a las proyecciones vespertinas, ambos debían validar un billete de cinco kopeks en los tornos automáticos de la misma estación; sin embargo, rara vez ocupaban asientos contiguos en el tren. Al término de las películas, durante el deambular estricto por las avenidas batidas por el viento, Iván multiplicaba las maniobras de distracción para evitar el regreso conjunto con ella. Ambos sumaban diecisiete años en sus cartillas de identidad. 

A Charlotte le gustaba Iván, un afecto que silenciaba sistemáticamente ante sus compañeras, Zhenia y Anna, para quienes el muchacho no pasaba de ser un elemento cómico y prescindible. No pasaba de ser Ivan el tonto. En aquel Moscú de finales del los setenta, Charlotte proyectaba ingresar en una escuela técnica de enfermería, aunque sus calificaciones en biología y química presagiaban un suspenso en los exámenes de acceso y no tenía un plan B. El horizonte sociológico de la época dictaba una trayectoria previsible podria incluir el matrimonio temprano, la solicitud de una habitación en un piso compartido y la adopción del rol doméstico estandarizado. Aunque a sus diecisiete años, el expediente sentimental de Charlotte estaba vacío ya que  ningún chico de su entorno escolar o del Komsomol le había manifestado un interés que excediera la amistad.
Las dinámicas del grupo ocupaban las tardes de invierno en los márgenes de la ciudad. El itinerario era fijo: la permanencia estática en los bancos de madera de los parques periféricos hasta que el termómetro descendía por debajo de los diez grados bajo cero, seguida del refugio inmediato en las salas de cine locales, como el kino Kosmos. La entrada costaba veinticinco kopeks para la sesión de las 18:30. Charlotte, se quedaba sentada siempre en el extremo de la fila con su abrigo de paño grueso y las manos dentro del manguito y nunca formó parte de el inventario de caricias y besuqueos y ligoteos que el resto del grupo. En el otro extremo solia estar Ivan.

Quizás eran los únicos en toda la sala del kino Kosmos que aquella tarde de noviembre de 1978 prestaron una atención estricta a Ничего. O, al menos, toda la atención que dos cuerpos de diecisiete años, cercados por el frío y la timidez, eran capaces de tolerar. Charlotte, con una determinación sorda que le aceleraba el pulso bajo las capas de lana, decidió que esta vez no permitiría que Iván se escapase. Mientras en la pantalla el joven Alexei de la película deambulaba por las afueras de Leningrado, ella tejía en la penumbra un minucioso plan de operaciones de tres fases, un mecanismo de relojería destinado a anular cualquier margen de error o arrepentimiento: Fase A: Deshacerse del billete de metro de cinco kopeks. El acto debía ser irrevocable. Lo soltó deliberadamente en la oscuridad, dejándolo caer entre la suciedad del suelo del cine, justo debajo de la butaca de madera abatible. Al perderlo físicamente, transformaba su deseo en una urgencia logística real, eliminando la posibilidad de acobardarse en el último minuto; ahora dependía de la asistencia de Iván. Fase B: Ejecutar la confesión. No podía hacerlo directamente al salir, sino a una distancia exacta de tres manzanas del cine. El espacio acumulado debía ser suficiente para que regresar a buscar el billete entre las butacas fuera una opción inviable. Debía escenificar la pérdida con la precisión de una actriz báltica, activando en Iván una presión grupal invisible pero inflexible: la obligación moral del joven soviético de no abandonar a una compañera desamparada en la noche moscovita. Fase C: El uso de Ничего como escudo térmico. Si el trayecto hacia la boca del metro de la línea violeta se veía amenazado por el vacío, Charlotte utilizaría la película de Valery Dirgov como un faro mental. Analizaría el estatismo de la cinta, fingiría una madurez intelectual que no poseía y desmenuzaría el vagabundeo del protagonista solo para evitar los silencios incómodos y parecer interesante ante los ojos de Iván.
Se podría decir que Charlotte sufría de una hiperactividad del pensamiento, una agitación constante del espíritu que la incapacitaba, casi, para pensar en Iván sin verse a sí misma en el acto de pensar en él, atrapada en un bucle de autoconsciencia estructural que le dolía profundamente. Le dolía porque los libros y la teoría dictaban que el amor debía ser una entrega limpia, una disolución absoluta del yo en el otro, y sin embargo, allí estaba ella, confinada en el cálculo frío de sus propios movimientos, midiendo el desgaste de su calzado sobre la nieve sucia e intentando febrilmente no pisar las líneas de las baldosas, mientras sentía en las mejillas el vaho húmedo y torpe de la respiración de un chico al que todos llamaban Iván el Tonto; un muchacho que caminaba a su lado sin sospechar siquiera que toda aquella coreografía de aparentes coincidencias y descuidos no era más que el envoltorio de un anhelo personal, que acaso también era mutuo, pero que naciendo en los márgenes de aquella ciudad gris, estaba irremediablemente condenado a permanecer incompleto. 

Iván presenciaba la película sumido en un profundo aburrimiento, por lo que su mente se desvió hacia Charlotte durante gran parte del metraje, sobre todo en aquellos baches de silencio sepulcral donde se filtraban los murmullos de su grupo y el chasquido húmedo de los besos que sus amigos intercambiaban con sus novias en las filas centrales de la sala, obligándolo a estirar el cuello y esquivar cabezas para divisar a Charlotte. Ella parecía extrañamente tensa, inmóvil en la penumbra, y él se preguntaba si acaso estaría sufriendo por culpa de la película; Iván la consideraba una chica deslumbrante y culta, mucho más inteligente que él, una certeza que le infundía un miedo reverencial pero que al mismo tiempo lo fascinaba, pues Charlotte pertenecía a esa clase de personas capaces de retorcer el marco de cualquier conversación con una sola intervención de ciento ochenta grados, haciendo que nada en esa charla volviera a ser lo mismo. Iván no estaba asimilando el metraje de Ничего, tal vez podría preguntarle luego a Charlotte para entablar diálogo, pero temía resultar pesado; ella siempre habitaba esa rigidez misteriosa y él se resistía a importunarla, con lo mucho que la quería, aunque fuese desde la distancia de la timidez, horrorizado ante la sola idea de que ella pasara un mal rato por su culpa. Aunque, a decir verdad, qué sabía él. A Iván le entusiasmaban las películas de aventuras a pesar de reconocerse como un cobarde, y los romances cinematográficos también le agradaban, aunque se viera obligado a negarlo categóricamente ante sus amigos para mantener esa fachada de tipo duro que todos compartían; aquellas historias de amor en el blanco y negro le recordaban inevitablemente a Vera, su casi novia de hacía un año, que tuvo que mudarse al lejano este y con la que las cosas terminaron por pura incompatibilidad geografíaca. De ella le quedaba el dulce recuerdo de las borracheras clandestinas, cuando Iván le regalaba vaqueros conseguidos vete a saber dónde, le enseñaba a patinar sobre el hielo y a soltar todo tipo de tacos, mientras Vera, a cambio, sazonaba las tardes hablándole de literatura clásica rusa, enseñándole recetas antiguas y mostrándole, con una paciencia infinita, cómo se besa bien a las chicas. Iván hallaba un confort pacífico en las salas de cine, odiaba el invierno con una intensidad casi irónica para un ruso, y se sentía tan a gusto al abrigo de la oscuridad que le invadía una punzada de pena al intuir el final, aunque la obra de Dirgov le pareciera insufrible. Solo podía pensar en Charlotte, en lo aguda, graciosa y hermosa que le resultaba, y en la sonoridad de su propio nombre, Charlotte, un apelativo tan exótico y curioso en mitad de Moscú. No quería salir de allí; se prometió que algún día, si la notaba un poco menos tensa, se atrevería a decirle algo.

Charlotte regresó a la vivienda con una fijeza catatónica en las pupilas, atravesando el vestíbulo mientras el interrogatorio materno sobre la calidad de la película de tarde obtenía una respuesta desprovista de relieve, una contestación lacónica en la que la cinta no se situaba en el territorio de lo excelente pero tampoco descendía al de lo execrable, el mero trámite de un «sin más» con el que se esfumó a través del pasillo. Dejó a su paso el rastro de la prisa y el desorden, la chaqueta descolgada en cualquier parte, los zapatos abandonados en el suelo y el cuerpo arrojado sobre el colchón boca arriba, con la mirada clavada en la uniformidad del techo. Qué vergüenza. Habían sostenido un mutismo absoluto a lo largo de toda la mitad del trayecto, una densa incomodicad que se les perseguia de andén en andén, y resultaba inconcebible que tras semejante acumulación de minutos mudos la solución operativa que se le ocurrió para romper la tensión hubiese sido declarar que el largometraje de Dirgov la había sumido en un estado de excesiva sensibilidad y pedirle disculpas a Iván por la falta de conversación, escudándose en un cansancio ficticio. La había cagado. El inicio del análisis exhaustivo sobre Ничего justo después de haberse declarado agotada constituyó una incoherencia de calado que debió de desorientar por completo al pobre Iván, destruyendo la lógica del plan que habia trazado, un mecanismo que había sido forjado precisamente para evitar aquel colapso y que ahora, con las teorías improvisadas sobre la pelicula, se había revelado como un suplicio pedagógico y pedante. En la oscuridad de su habitación, la humillación inicial iniciaba una transición paulatina hacia la tristeza y la impotencia más estrictas, un confinamiento doble que la reclutaba dentro de las paredes del dormitorio y en el interior de su propio cerebro, ese excelente sirviente que mutaba de pronto en un amo terrible. El pronóstico de la noche se presentaba previsible: la disección minuciosa del fracaso estratégico en bucle, el repaso contable de cada frase malograda y la certeza de que el tiro requería una urgente reorientación, pues si se juzgaba la obra con estricta honestidad, Ничего tampoco le había gustado tanto y, desde luego, no pensaba dedicarle más espacio mental. Le mortificaba la sola sospecha de que Iván imaginase que semejante película le pudiera haber fascinado; qué pensaría de ella. Qué pensarían, además, las demás chicas si descubriesen su amor por él; era Iván el tonto, se burlarían sin piedad, pues en aquel entorno la norma era que te definía aquello que deseabas, y si te gustaba un tonto, pasabas a ser una tonta. Sin embargo, Charlotte se sentía estúpida por la incapacidad manifiesta de verbalizar sus sentimientos y hacer frente a la situación. Todo, la película, el amor, su cuerpo, la puta Unión Soviética, la escuela superior de enfermeria, su familia y su propio grupo de amigos parecían alzarse por encima de ella, oprimiéndole el pecho ante el horizonte incierto de saber que si ni siquiera era querida por un tonto y terminaba por suspender los exámenes de enfermería, se quedaría enteramente sola, condenada a morir aplastada bajo el peso de todo lo que ahora mismo despreciaba. 

Antes de entrar a su portal, Iván rodeó el bloque y en la parte trasera sacó un cigarrillo y el mechero que le había regalado Alex por su cumpleaños hacía dos días. Solo él y Charlotte se habían acordado en todo el grupo. No había fumado nunca. Se lo puso en la boca, lo encendió y, cuando dio la primera calada, el humo caliente le raspó la garga­nta y le hizo estornudar. No le gustaba el sabor, se mareó un poco y tuvo que sentarse porque se le había revuelto el estómago, pero le divertía echar humo, así que dio varias caladas más y pensó en Charlotte. A ella le había encantado la película. Él era quizás un poco tonto, sabía que se lo llamaban a sus espaldas, y a lo mejor en esa historia había algo que él no había sabido ver. Pero Charlotte era muy inteligente, mucho más que él, y debió de ver algo allí que a él se le escapaba; pensar en eso le daba pena, sentía que nunca iba a estar a su altura.
También la había notado nerviosa y por eso no quiso decirle nada. Quería haberle propuesto lo del cigarrillo, invitarla a fumar porque sabía que ella tampoco lo había hecho nunca y hacerlo solo le parecía un poco cutre, pero no se atrevió. No vio el momento porque Charlotte estaba demasiado tensa, y triste. No sabía qué le pasaba, pero Iván pensó que lo mejor era darle espacio. De cerca, Charlotte tenía los ojos verdes y una nariz que le recordaba a la de Vera. Charlotte se parecía a Vera. Igual eso tenía algo que ver; los chicos siempre hablaban de que cada uno tiene un tipo de chica, pero que eso solo lo saben los demás y tú nunca te das cuenta. Quizás, se preguntó Iván, su tipo de chica era Vera. Seguramente no la volvería a ver porque todavía no había recibido ninguna carta suya. Hacía tres meses que se había ido y él le había dicho que le escribiera en cuanto llegase para tener su dirección y poder responderle. Y todavía no le había llegado nada. Quizás es que Siberia era muy grande, o quizás todavía no tenían una casa definitiva. A lo mejor había conocido a otro chico, o había escrito cosas de literatura prohibida en las cartas y el KGB se las había confiscado, y ahora le odiaba porque pensaba que Iván no quería contestarle. Era todo un misterio.
Ya no le apetecía más el cigarrillo, pero lo mantuvo entre los dedos. Se puso triste al recordarla e intentó no llorar, pero no tuvo mucho éxito porque se le escapó alguna lagrimilla. Miró hacia los lados, muerto de vergüenza, esperando que no hubiera nadie viéndolo. Charlotte también era muy guapa, pero hoy no había tenido un buen día. A ver si mañana estaba mejor y la podía invitar a otro cigarrillo; le diría que se lo habían regalado y fingiría que no era su primera vez, pensó Iván. Aunque el tabaco estaba caro, ya se había gastado el doble de lo normal en el tren y sus padres se iban a enfadar por el dinero. Y esa película tenía que tener algo, se quedó pensando Iván, tenía que tener algo por la fuerza. Charlotte era muy lista, seguro que tenía razón y no era simplemente un bodrio, seguro que había algo salvable allí dentro. Qué pensaría Vera de Ничего.


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