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Para empezar, está la cinta. Un cartucho de plástico negro y textura estriada de 18,7 por 10,4 por 2,5 centímetros, con un peso exacto de 185 gramos. Está adornado con una etiqueta mecanografiada —probablemente con una máquina Olivetti de cinta gastada— cuyos bordes se curvan y amarillean bajo una vieja tira de celofán reseco: Ничего (Nichego), Valery Dirgov, 1978.
A principios de los años noventa, Frédéric Malot, un joven que habitaba un apartamento de veintiocho metros cuadrados en el cuarto piso del número 12 de la rue de Belleville —un espacio de techos bajos donde el polvo parecía levitar de forma perpetua y donde olía ininterrumpidamente a salmón a la plancha y eneldo por culpa de las deficiencias del conducto de ventilación que compartía con el restaurante de la planta baja—, adquirió este casete en Le Comptoir du Magnétique, un establecimiento de compraventa situado en el número 43 de la rue de l’École-de-Médecine al que acudía con una regularidad de metrónomo cada martes a la tarde a las 17:04, inmediatamente después de abandonar su puesto en la administración pública. El local consistía en un rectángulo de apenas dieciocho metros cuadrados que exhalaba un aroma compuesto a partes iguales por cartón húmedo, ozono de tubos fluorescentes en mal estado y el tabaco frío de un propietario de fisonomía pesada —un cuello de cuarenta y siete centímetros de circunferencia, una chaqueta de napa con manchas de grasa de motor y una calva permanentemente sudada que brillaba bajo la escasa luz del local — a quien Malot jamás osó dirigir la palabra por miedo a confirmar su supuesta vinculación con el estraperlo de mercancías en los puertos del Báltico. Allí se hacinaba la mayor concentración de cintas Secam de Europa del Este de todo el margen izquierdo del Sena, distribuidas en cajones de madera de pino sin cepillar que acumulaban un estrato de polvo de dos milímetros de grosor. Malot dedicaba una media de setenta minutos a revolver aquellos contenedores le fond du panier de “Todo a 3 francos”, donde la yema de sus dedos terminaba adquiriendo un tono negruzco por el roce constante con las carátulas de plástico barato. Buscaba, por puro cálculo de probabilidades, una grieta en el sistema. Aunque si bien los ejemplares de Tarkovski, Konchalovsky o Ryazanov eran filtrados con celo por el dueño para ser vendidos con un recargo de cincuenta francos, a menudo afloraba un error administrativo o una laguna taxonómica. Así ocurrió con una edición de cartón machacado y lomo desgastado de Popiół i diament de Andrzej Wajda (1958, duración: 103 minutos), que por una ignorancia tipográfica absoluta alguien había clasificado en el subapartado de “Documentales de pesca y variedades regionales”.
Por aquel entonces, el esnobismo chic de la Rive Gauche exigía que cualquier aspirante a erudito consumiera VHS de Europa del Este; la pátina grisácea del Telón de Acero confería un aura de respetabilidad casi instantánea. Malot insertó la cinta en su reproductor JVC, observó la película durante sus noventa y cuatro minutos exactos y sintió, de manera rotunda, innegable y definitiva, una absoluta indiferencia.
El asunto habría terminado en el estante de la letra N, encajonado entre un documental naturista noruego sobre la conservacion de la angila y una copia pirata de Nosferatu, de no ser por un encuentro fortuito tres meses después. Ocurrió en una mesa de formica de una cafetería de la rue de Lourmel. Frente a dos tazas de café con leche que se enfriaban lentamente hasta alcanzar la temperatura ambiente, Malot descubrió que su interlocutor, un tal Esteban Gautier —técnico de limpieza municipal adscrito a las brigadas de barrido de Saint-Germain, cuya vocación enciclopédica por la historia del séptimo arte le obligaba a frecuentar cineclubes y videoclubes de los veinte arrondissements de la capital—, también había visionado la obra. Lo que siguió fue el levantamiento de un acta notarial de descubrimientos sorprendentes y extraños. Durante cuatro horas, enumeraron sus impresiones para descubrir que coincidían milimétricamente. Era una simetría emocional aterradora. Ambos sentían que la película poseía un subtexto latente, una arquitectura emocional relacionada no tanto con la pérdida, sino con lo que nunca se ha tenido. Retrataba fielmente el letargo y el estancamiento soviético de la era Brézhnev, pero, irremediablemente, la cinta no terminaba de funcionar. Era un ecosistema de mediocridad perfecta; una construcción en la que no faltaba ni sobraba un solo ladrillo, pero en la que nadie en su sano juicio querría habitar. Un seis exacto. Ni más, ni menos.
El azar, que suele operar mediante la estricta ley de la gravedad, intervino en el invierno de 1994. Los tacos de expansión de seis milímetros de la precaria estantería del salón de Malot colapsaron, cediendo ante el yeso fatigado por el peso acumulado de las vanguardias húngaras (Péter Forgács, Gábor Bódy, László Moholy-Nagy, András Jeles), polacas (Zbigniew Rybczyński, Józef Robakowski, Stefan Schabenbeck) y rusas (Dziga Vertov, Vsevolod Pudovkin, Kira Muratova, Evgeny Yufit). El resultado fue una avalancha incontrolable de polímero negro y banda magnética sobre el parqué encerado. Obligado a liquidar parte de su inventario por pura necesidad espacial, Malot distribuyó pequeños anuncios clasificados de treinta palabras por correo postal y en los tablones de corcho de los videoclubes del distrito XIV. Decidió poner a la venta o al intercambio únicamente los VHS mediocres; por tanto, Ничего se encontraba en el centro de aquel catálogo de saldos.
Así fue como una tal Marie Rossi contactó con él. Marie quería Nichego para confirmar una obsesión que la consumía desde hacía años. Un colega del archivo municipal le había hablado de un fenómeno inaudito: una película soviética en la que el consenso crítico y público era de una uniformidad pasmosa. Cualquier reseña, ficha de catálogo o nota al pie que Marie rastreaba, por insignificante que fuese, calcaba los adjetivos, la longitud y la apatía de la anterior. Había un consenso generalizado que resultaba excitante por su pura improbabilidad estadística. Fascinado por esta arqueología de la apatía, Malot la invitó a su apartamento. Sentados en un sofá de escay verde en el que te hundias demasiado y se te pegaba a los muslos, reprodujeron la cinta en silencio absoluto. El experimento buscaba que ambos, plenamente conscientes del fenómeno sociológico que envolvía a la cinta, lograsen escudriñar la pantalla buscando una grieta, un destello de genio silenciado o un error catastrófico que justificara la existencia de aquellos fotogramas. Fracasaron. Al terminar, con el sonido de estática del televisor de fondo, la indiferencia de ambos era idéntica a la de la primera vez. Tras este incidente, Malot decidió investigar metódicamente la recepción documental de la película.
En otoño de 1996, Malot publicó L'Écho du Néant: Une Autopsie de Nichego. Fue un volumen en rústica de 142 páginas, con una cubierta de color gris marengo mate (código Pantone 431 C), del cual apenas se vendieron unas cien unidades antes de ser descatalogado definitivamente en 1998. La crítica cultural oficial lo ignoró con la misma eficiencia funcionarial con la que la película de Dirgov ignoraba cualquier conato de emoción. El libro consistía en un ensayo sobre el tedio, desglosando el rol de la apatía en el arte como vía de desvinculación y como una posible salida de emergencia frente a los inminentes mecanismos posmodernos del capitalismo de tercera fase. Este argumento se apoyaba, ya desde los agradecimientos preliminares, en una cita del polémico dramaturgo, pensador y crítico de cine Adrian Piotrovsky. Extraída de un borrador mecanografiado e inconcluso titulado Ensayo sobre la nada, la frase servía de epígrafe general de la obra: "El cine soviético alcanzará su cénit cuando no tenga absolutamente nada más que decir".
A pesar de su nula repercusión en el mercado editorial, el texto de Malot encontró un último refugio topográfico en el distrito XI. Allí, un cineclub de barrio congregaba cada dos jueves a una veintena de jóvenes en torno a un fanzine engrapado a mano, impreso en multicopista y que olía fuertemente a tinta fresca, llamado Parachute. Acogido por esta secta urbana fascinada por la intrascendencia, Malot fue invitado a participar. A los jóvenes no les interesaba tanto el aburrimiento como arma política de combate anticapitalista, sino la disección del vacío como experiencia estética pura. Malot aceptó. Lo hizo bajo el alias de "Héctor M. Low-Profile", publicando una serie de exégesis mensuales sobre la planimetría del aburrimiento, visiblemente influenciado por las discusiones de madrugada con los jóvenes del cineclub.
Su producción bibliográfica cesó de manera definitiva en la primavera de 1999, cuando un repentino ataque al corazón en la cola de la oficina de correos del boulevard Voltaire puso fin a su vida con una abrupta falta de clímax.
La liquidación de los bienes materiales de Frédéric Malot se llevó a cabo durante el húmedo otoño de 1999. El desmantelamiento de la colección corrió a cargo de Julienne Malot, su hermana mayor, asistida en tareas de catalogación por tres miembros del cineclub Parachute. Tras una criba que duró cuarenta y dos horas distribuidas en dos semanas, Julienne retuvo la propiedad de trescientos catorce títulos de alto valor sentimental o rareza comprobada. Las tres mil novecientas dos cintas restantes fueron embaladas en setenta y cinco cajas de cartón corrugado de doble canal y ofrecidas en calidad de donación al Departamento de Audiovisuales de la recién inaugurada sede François-Mitterrand de la Biblioteca Nacional de Francia (BnF).
Sin embargo, las instituciones estatales poseen sus propios mecanismos inmunológicos. Siete semanas más tarde, la BnF emitió un dictamen de expurgo en papel timbrado. El comité archivístico rechazó doscientas dieciocho cintas; entre ellas se hallaba la copia de Ничего, que por un error de inventario permanecía en la caja de descartes; dado que su carga afectiva era propiedad de Frédéric y no de Julienne, nadie reparó en el vacío de 18,7 centímetros que restaba en la cuadrícula de la estantería, alterando la geografía emocional de los Malot. En el anexo justificativo, bajo la signatura provisional de entrada B-4402, un funcionario anónimo había estampado el sello de caucho rojo con la inscripción «Rejeté: Doublon / Sans intérêt patrimonial». La cinta no cumplía los requisitos estéticos de la nación, carecía de un origen certificado y su banda magnética de dióxido de cromo comenzaba a mostrar signos microscópicos de desmagnetización.
Devuelto a la categoría de estorbo doméstico, el cartucho de Dirgov fue vendido a granel el 14 de febrero de 2000. Formó parte de un lote indivisible de ochenta y cuatro casetes despachado por ciento veinte francos al Ciné-Sphère, un videoclub de quinientos metros cuadrados situado en el número 62 de la rue de Cléry. Era uno de los últimos reductos del Distrito II que mantenía un modelo de negocio híbrido, alternando el alquiler tradicional con la compraventa de copias originales para coleccionistas. El dependiente de Ciné-Sphère clasificó Nichego de forma indulgente en la sección «Cine de Autor Europeo», adjudicándole una etiqueta de precio de treinta y cinco francos, blindada bajo una doble capa de cinta adhesiva transparente.
Allí comenzó el lento borrado de su rastro. A partir del año 2001, las estanterías del Ciné-Sphère sufrieron una invasión geométrica ineludible: los voluminosos estuches rectangulares de polímero opaco fueron siendo desplazados por ligeras cajas de plástico amarre (estilo Amaray) de catorce milímetros de grosor, que albergaban discos de policarbonato de ciento veinte milímetros. La guerra del DVD, sumada a la irrupción de las antenas parabólicas y los decodificadores digitales de CanalSat, provocó un colapso en la rentabilidad del espacio comercial y una mutación ontológica en la propia naturaleza del consumo cinematográfico.
Las huellas dactilares sobre el plastico desgastado, las esquinas de cartón abiertas por la uña del cliente, las etiquetas amarillas con el lema «Pensez à rembobiner» fijadas con adhesivo de contacto y los cargos de diez francos derivados de la devolución de cintas detenidas en el minuto noventa desaparecieron; el aire del local, antaño cargado de ozono y el leve aroma de la banda magnética de dióxido de cromo, se esterilizó bajo el flujo de transacciones aceleradas y portadas brillantes libres de etiquetas superpuestas; el catálogo se expandió mediante una hipertextualidad de pistas técnicas: menús interactivos divididos en celdas navegables, comentarios de audio en la capa 2, subtítulos en ocho idiomas y escenas eliminadas que funcionaban como piezas sueltas de un atestado administrativo; el espectador abandonó la servidumbre del flujo lineal para ejercer el escrutinio de un láser rojo de 650 nanómetros capaz de diseccionar elipsis y pausar la imagen sin la vibración característica del cabezal sucio; se instauró la soberanía del cinéfilo forense, un sujeto que auditaba el proceso de su fabricación; en este nuevo ecosistema el vacío inescrutable y la planimetría del aburrimiento de una obra como Ничего resultaron, sencillamente, una anomalía contable, un residuo tipográfico destinado a la insignificancia absoluta.
Asfixiado por la transición digital y la devaluación extrema de su inventario, el local de la rue de Cléry cambió de propietario en septiembre de 2004. En el inventario de traspaso, la sección de VHS fue clasificada contablemente como «residuo plástico». Las cintas fueron hacinadas en cestas metálicas de malla de alambre dispuestas en la acera, bajo el reclamo fluorescente de «Vide-grenier: 1€ la pièce / 5€ le Kilo». Es en este magma de liquidación donde la trayectoria física de Nichego desaparece de los registros humanos. Para cuando la tienda bajó definitivamente su persiana metálica en mayo de 2006, para ser transformada, tras tres meses de obras y una capa de pintura blanca plástica, en una franquicia de lavanderías automáticas.
La trazabilidad física de este trozo de plástico retrocede hasta una tirada experimental fabricada durante el otoño de 1988 en las plantas de duplicación de Lenfilm. El embalaje original, una funda de cartoncillo blando de con los colores cian y magenta visiblemente mal alineados en la rotativa, formaba parte de un palé destinado a la televisión pública polaca y a los primeros wypożyczalnie kaset wideo, los videoclubs recién inaugurados en Varsovia, Cracovia y Łódź. Estos locales, ubicados invariablemente en semisótanos con escasa luz natural, olían a carbón de calefacción, a linóleo fregado con amoniaco y al humo denso y acre de los cigarrillos Klubowe. La exportación obedecía a una maniobra comercial de la agencia estatal soviética para saturar las estanterías de aglomerado con celuloide del bloque del Este, un intento preventivo de contener la inminente demanda de películas de acción occidentales pirateadas.
La unidad de Ничего permaneció estática en el anaquel de un local de la calle Piotrkowska en Łódź durante treinta y ocho meses. El registro de alquileres del establecimiento documentó cero salidas. El 26 de diciembre de 1991, la disolución de la Unión Soviética generó un vacío logístico instantáneo. Los canales de distribución pública colapsaron, por lo que los contratos perdieron su base jurídica y el responsable de los inventarios desapareció en un limbo administrativo interministerial. Los dueños de los videoclubs, sin liquidez para mantener el volumen físico de la vieja guardia soviética, frente al empuje comercial de los cartuchos occidentales, liquidaron el fondo de catálogo al peso.
Nikola Kirsky, un emigrante serbio en tránsito, adquirió un lote de quinientas cuarenta casetes soviéticas. La copia de Ничего viajó encajada junto a discos de vinilo de Elvis de la discográfica Jugoton y láminas de santos ortodoxos dentro de una caja de cartón corrugado de plátanos Fyffes. El cargamento cruzó Europa en la parte trasera de una furgoneta Renault Trafic del 84 con la suspensión vencida, impregnando el cartón poroso de las fundas con el olor persistente a gasoil mal quemado y a la humedad de la tapicería de nailon.
Para el verano de 1992, Kirsky había transformado esa inversión inicial en un local abierto al público en París: Le Comptoir du Magnétique. En el cristal del escaparate, opacado por marcas de lluvia reseca y contaminación del tráfico, un letrero escrito a mano con rotulador de tiza blanca anunciaba: Films étranjers. La fricción de la punta de fieltro contra el vidrio había dejado un rastro translúcido e irregular en la curva de la jota. Frédéric Malot detuvo su marcha matutina frente a ese cristal. Llevaba un abrigo cruzado de lana cheviot que le rozaba la parte posterior de las rodillas y un maletín de cuero de vaca cuyas hebillas de latón tintineaban a cada paso en su trayecto hacia la oficina de la administración pública. El sonido de los neumáticos sobre el asfalto mojado quedó anulado por su concentración en la grosera anomalía ortográfica. La rudeza de aquella jota, sumada a la explicitud y la contundencia balcánica del nombre de la tienda, destilaba un francés tan rudimentario y extranjero que a Malot le provocó una sonrisa mecánica y una curiosidad apabullante.
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SINOPSIS
En las afueras grises de Leningrado, Alexei, un chico de trece años, sobrevive a la sombra de una madre exhausta y la misteriosa desaparición de su padre alcohólico. Junto a su amigo Daniil, Alexei emprende un viaje desesperado por las periferias industriales para encontrarlo y reconstruir la familia que nunca tuvo. Pero en un entorno marcado por la decadencia, la búsqueda se transforma en un deambular sin rumbo donde un violento encuentro fortuito cambiará su destino para siempre. Un desgarrador drama sobre la madurez forzada y los lazos rotos.
FICHA TÉCNICA