EL SLASHER ANTES DE 1960

 ¿CÓMO LLEGAMOS AL SLASHER? El camino hasta los 60s.


En este texto no pretendo dar una definición cerrada del cine slasher. Más bien pretendo ir delineando la evolución de tendencias narrativas e ir entendiendo cómo fue adoptando sus elementos y tropos a lo largo de los años hasta convertirse en ese feo Voltron de clichés del horror que conocemos y amamos hoy.

De todos modos, aquí dejo una muy breve aproximación de lo que (en el año del señor, 2026) entendemos como slasher:

Un subgénero del cine de terror que cuenta con un asesino acosando y asesinando a un grupo de personas, normalmente con un arma afilada.

A partir de esa base, el slasher ha desarrollado una fórmula hiper específica, unos códigos propios icónicos y fácilmente reconocibles, jugando constantemente esa dicotomía entre un vocabulario cerrado y una subversión de expectativas. Es este esquema lo que hace del género un visionado cómodo para tanta gente, generación tras generación.

Pero, según considero, la base primordial, la materia prima de la que surge esta definición, el punto de partida para entender el proto-slasher, es su entendimiento de la moralidad humana.

Cito la Paste Magazine:

“Slasher villains are human killers whose actions are objectively evil, because they are meant to be bound by human morality. That’s part of the fear that the genre is meant to prey upon, the idea that killers can walk among us.”


Es a lo largo de los 60s cuando el miedo al holocausto nuclear, el asesinato público de JFK (con el joven sueño americano que representaba) y la hipermediatización de la guerra de Vietnam hicieron que la era de la desconfianza se colara por cada rendija de las casas estadounidenses y, por consecuencia, en la cultura mediática que el resto del mundo consumió y regurgitó.

Y por muy debatido que sea el origen exacto del slasher, todos estamos de acuerdo en que (sea Hitchcock o sea Powell el culpable) el año de partida es 1960. Pero ¿cómo llegamos hasta ahí? 


Entre las primeras iteraciones narrativas del asesino despiadado viviendo entre nosotros, amenazando la pureza virginal (por lo tanto, progenitor del slasher) se reconoce el cuento de Charles Perrault, Barba Azul, de 1697. En él, un aristócrata rico y feo (con una barba de color, no os lo vais a creer: azul) se casa con una joven y, al irse de viaje, la deja sola en su castillo. La joven acaba descubriendo los cadáveres de las ex mujeres de Barba azul y en un despliegue dramático que grita misoginia más fuerte de lo que grita deus ex machina, los hermanos de la protagonista matan al villano cuando regresa.

Pero tal vez, entre los antecedentes más directos para el subgénero del slasher (así como para muchos otros rincones violentos de la cultura del siglo 20) destaca el emblemático teatro parisino Grand Guignol, activo entre 1897 y 1962, y situado en un callejón sin salida conectado con la rue Chaptal, en la zona bohemia de Pigalle.

Este teatro alternaba, para manipular al público, entre obras gore de tortura y comedias eróticas. Pioneros en tripas falsas, se decía que medían su éxito en la cantidad de desmayos por noche. Tras la Segunda Guerra Mundial y el horror de los campos de concentración, el teatro perdió su sentido y cerró.

En el Grand Guignol surgió el icono del terror Paula Maxa, apodada "la mujer más asesinada del mundo", se le podría considerar la scream queen original.

En el Grand Guignol surgió el icono del terror Paula Maxa, apodada "la mujer más asesinada del mundo", se le podría considerar la scream queen original.

La novela de Mary Roberts Rinehart, La escalera de caracol, aportó también a la mitología de la “mansión oscura”, un tropo que explotará en el cine en los años 30, y que acabará enredándose con el slasher y el whodunnit. La novela se adaptó en el teatro y, un poco más adelante en el cine con el nombre “The Bat”. La versión teatral añadió elementos a la obra que la hacían más vibrante visualmente, por ello hicieron que el villano llevara máscara y capa. Por supuesto, esta obra y sus tres adaptaciones al cine (una muda en 1926, una sonora en 1930, y un remake clásico con Vincent Price en 1959) sirvieron de molde directo para el cine de terror y de misterio moderno (y también, de hecho, fueron inspiración directa para el “mejor detective del mundo” o al menos, el “mejor detective furry del mundo” ¡Batman! Bob Kane admitió en su autobiografía que la versión sonora de 1930 fue la principal inspiración visual y conceptual para crear a Batman en 1939).

Y de hecho, el whodunnit literario también asienta bases sobre las que se alza el slasher, ya proponiendo en novelas de misterio de los años 20 y 30 un grupo de individuos en un lugar aislado, ejecuciones consecutivas y un asesino misterioso. Y el más claro ejemplo es Diez Negritos de la madre del whodunnit, Agatha Christie, donde diez personas atrapadas en una isla mueren una a una a manos de un asesino invisible.

Y viendo todos estos referentes con escenas violentas a inicios de siglo, uno se pregunta por qué Hollywood tardó tanto en adoptar estas imágenes y explotar esas inquietudes. La respuesta se remonta a la rechoncha barriga americana de Roscoe Arbuckle, conocido artísticamente como Fatty Arbuckle. 

Roscoe fue un ícono del cine mudo, actor, director, productor y guionista. Trabajó con Harold Lloyd y mentorizó a Charlie Chaplin y Buster Keaton. Fue el cineasta más pagado de los años 10, una figura pública dulce, familiar y, cómo no, alcohólica y heroinómana. Pero, en 1922 fue juzgado por la misteriosa muerte de la actriz Virginia Rappe. Aunque fue declarado inocente, los titulares sensacionalistas pusieron para siempre en duda la imagen de Fatty y la moralidad de Hollywood. Así se fundó el MPRDA (Motion Picture Producers and Distributors of America) una organización con Will H. Hays como presidente para autorregular la industria y evitar que el gobierno aplicase censura federal.

En 1930, el editor católico Martin Quigley y el sacerdote jesuita Daniel A. Lord redactan un código de conducta moral estructurado, por supuesto, en prohibiciones, y la MPRDA lo adopta el 31 de marzo de 1930, pero no se aplica exhaustivamente hasta 1934 (una vez la Gran Depresión ha permitido a la industria fílmica americana escupir un último par de gotas de sangre, sexo y drogas), con el nacimiento de la PCA (Administración del Código de Producción). A partir de ese momento, ninguna película podría estrenarse en cines sin el sello de aprobación de Joseph Breen, su presidente. Y el reinado del código duró hasta 1954, años en los que los besos duraban un máximo de 3 segundos, los matrimonios dormían en camas separadas y los malhechores recibían su merecido. Durante estas décadas, curiosamente consideradas la edad de oro del cine de Hollywood, los directores se volvieron expertos en evadir la censura, perfeccionando metáforas visuales y dobles sentidos. Pero para finales de los cincuenta las restricciones eran extremadamente ridículas y restrictivas, y no parecían evolucionar con la sociedad, en ese momento varios directores como Otto Preminger y Alfred Hitchcock empezaron a desafiar las prohibiciones del código abiertamente lanzando películas sin aprobación o al límite del reglamento. 

Cuando el (salvaje, sexy, y a veces maduro) cine europeo invade las salas americanas y la televisión pone en jaque el reinado de las salas de cine, el código queda debilitado, condenado a una muerte lenta. Aunque no se abolió definitivamente hasta 1968, pasó sus últimos años siendo cada vez más ignorado por la industria hasta extinguirse.


Sin embargo, para seguir encontrando los primeros esbozos explícitos del género hay que volver atrás, a los años del Pre-Code. Obras como Thirteen Women (1932) de George Archainbaud, ya mostraban las primeras formas de los elementos característicos del slasher. La película trata de un grupo de amigas que se enfrentan entre ellas manipuladas por un excompañero de universidad sediento de venganza. No solo propone ya el contexto universitario que se revisita cuarenta años más tarde en Prom Night y Graduation Day, también trata el tropo del aniversario. Muchas veces, en el slasher ya formado, un pecado del pasado causa trauma severo y es una conmemoración o aniversario la que lleva al asesino a “inspirarse”.

Otro nombre que surge en la búsqueda del origen de estos tropos es, inevitablemente, el de Val Lewton. Mientras la escena del terror americano de los 30 y 40 estaba principalmente ocupada por Universal (con infinitos Frankensteins y Dráculas) y la ciencia ficción paranoide (Ladrones de Cuerpos y Dimensiones Desconocidas), Lewton ofreció una mirada alternativa desde la RKO.

Tras el fracaso comercial de Ciudadano Kane en 1942, la RKO contrató a Lewton para dirigir una unidad de películas de terror de bajo presupuesto. Su contrato exigía que los proyectos que eligiera no podían sobrepasar los 150mil dólares, no podían sobrepasar los 75 minutos ¡Y! los títulos serían elegidos por los ejecutivos mediante estudios de mercado.

Y gracias a dios por el inspirado cerebro de aquellos hombres de negocios trajeados, porque si no fuera por ellos ¿qué sería de títulos inolvidables del cine de terror como “Yo anduve con una zombie”?

Lewton, ayudado por  el director Jacques Tourneur, decidió así tratar el terror que habita en la mente del espectador, instrumentalizando revolucionariamente el fuera de campo y aprovechando el blanco y negro para llenar las escenas de penumbras claustrofóbicas.

Véase la primera versión de Cat People, en la que nunca vemos el proceso de transformación de la protagonista a felino, pero con escuchar crujidos y ver sombras, quedamos convencidos ante la imagen de un parque a oscuras de que el horror aguarda.

De hecho es en esa misma película en la que, en una tensa y silenciosa escena de persecución nocturna un sonido estruendoso rompe la tranquilidad. El sonido resulta ser el freno de un autobús, pero esta acumulación de tensión que se rompe en una falsa alarma se considera el primer jumpscare de la historia del cine, bautizado como el Lewton Bus.

Por supuesto, el cine de Lewton sienta las bases del terror psicológico, pero también crea normas gramaticales y narrativas que el slasher moderno acabaría adoptando.

En el Hombre Leopardo (supongo que tras el éxito de Cat People, los ejecutivos decidieron que humanos felinos eran la next-big-thing) un asesino incrimina a un leopardo escapado del circo por los asesinatos de varias mujeres. Esta película se considera la primera película estadounidense en retratar a un asesino en serie. La estructura de la película funciona como una “cuenta atrás”, es decir, se centra en presentar varias mujeres y luego mostrar su muerte.

Las secuencias de acoso-y-asesinato, el arma punzante, el asesino entre nosotros… todos estos elementos serán luego perfeccionados y serializados en el slasher.

Con el auge de la psicología freudiana y la ruptura del esquema de la rígida familia nuclear, los sesentas decidieron, con su nueva libertad encontrada en el cine, explorar el trauma infantil, los abusos paternos, las perversiones sexuales y, por supuesto, la violencia.

La televisión masiva y la fotografía sensacionalista convirtió a la cámara en arma.

En junio de 1960, Hitchcock estrenaría Psicosis, la película que lanzó al director directamente al Monte Rushmore de la historia del cine.

Dos meses antes, Michael Powell estrenaría Peeping Tom, la película que destruiría para siempre su carrera.

Con este yin y yang de psicopatía cinematográfica, el proto slasher comenzó su viaje sin frenos hacia los Roaring Sixties.


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