¿Cómo se ve una película?
Parece una pregunta estúpida. Estará usted pensando, con justa razón, que lo es. Es estúpida. O, al menos, lo era antes de que la modernidad decidiera hipercomplicar hasta los actos reflejos más primarios. Durante más de la mitad del siglo XX, la respuesta al algoritmo procedural de «ver una película» implicaba un protocolo logístico absurdamente lineal: abandonar la relativa seguridad de su hogar, desplazarse físicamente hasta un inmueble comercial diseñado a tal efecto, abonar una tarifa estandarizada por cada humano presente y depositar sus culos en una butaca de tapicería vagamente antihigiénica. Para que el proceso llegara a término se requería, eso sí, el cumplimiento de una premisa biológica implícita: mantener los ojos abiertos. A no ser, por supuesto, que usted fuese ciego. En cuyo caso la acción de «ir al cine a ver una película» se transmutaba automáticamente en un gesto existencial de una carga poética devastadora —un acto de resistencia trágica o de resignación estoica, según la inclinación sociopática del individuo— frente a la inevitable degradación del envoltorio corpóreo y la erosión irreversible del tiempo. En este escenario, las películas, lógicamente, se «ven» a través de una traslación auditiva; del mismo modo que si usted padece sordera profunda, el sistema tardocapitalista ha tenido a bien habilitar sesiones adaptadas que intentan traducir el espacio sonoro mediante impulsos lumínicos y subtítulos de tipografía discutible.
Nos hallamos, por lo tanto, en un ecosistema del siglo XXI que rozaría lo abiertamente transhumanista, ya que cualquier individuo con pulso y conexión a internet posee la capacidad cibernética de ver películas mediante prótesis tecnológicas intermedias. Yo, sin ir más lejos, pertenezco a esta casta de cíborgs defectuosos, ya que soy incapaz de ver una película si no me encasqueto previamente sobre el tabique nasal dos lentes de cristal pulido —véase «gafas»— que mi biología disfuncional exige para mediar con el mundo sensible, alterando la trayectoria de los haces de luz para que mi cerebro no perciba una masa amorfa de manchas de color. Esta mediación absoluta entre mi percepción y el mundo mediante un artefacto técnico nos sitúa en una tesitura tan cotidiana como absurda: a estas alturas, la gafa bien podría ser considerada parte constitutiva de mi propio «Yo», en tanto que externalización tecnológica de mi aparato perceptivo.
Y si esto le parece una exageración pseudofilosófica de alguien que ha pasado demasiado tiempo solo en su habitación, conviene recordar que la propia academia ya teorizó esta triste condición de cíborg miope mucho antes de que existiera TikTok. De hecho, si nos pusiéramos pedantes —y el rigor de esta estupidez lo exige—, estaríamos hablando de la Tesis de la Mente Extendida formulada en 1998 por Andy Clark y David Chalmers, quienes vinieron a decir, básicamente, que nuestra mente no acaba en la frontera de la piel ni en la cavidad craneal, sino que si un objeto externo —un cuaderno, un smartphone, una fotocopiadora, un consolador, un cepillo de dientes o mis ridículas monturas de aluminio— ejecuta una función perceptiva indispensable para procesar la realidad, dicho artefacto es, a efectos ontológicos, parte de tu propio cerebro; y con la fenomenología de Merleau-Ponty, quien en 1945 usaba el ejemplo del bastón del ciego para explicar cómo un objeto inanimado se vuelve tan invisible y transparente para la conciencia que se integra en el «cuerpo vivido» hasta que te lo quitas y el mundo colapsa. O, como diría Marshall McLuhan antes de que le diera tiempo a ver un solo DVD: cualquier tecnología es una extensión física de la carne, lo que demuestra que ver cine jamás fue un acto «natural», sino un ensamblaje cibernético entre una biología defectuosa y un aparato óptico.
La diferencia radical estaría en que hoy la sala oscura es un anacronismo facultativo. Ya no hace falta ir «al cine» para ver cine. El acto ha sufrido una especie de metástasis espacio-temporal y ahora usted puede consumir metraje en una variedad desquiciada de soportes e infraestructuras: salas de estar con olor a humedad acumulada y marihuana, camas deshechas donde yacen restos orgánicos de patatas fritas de bolsa, autobuses interurbanos con el aire acondicionado averiado, aviones en velocidad de crucero sobrevolando zonas de turbulencia moderada, barcos de recreo, helicópteros de evacuación médica, proyectores portátiles de tres vatios apuntando torpemente al lomo de un caballo, el fondo helado de una cueva sin cobertura 5G, la pantalla auxiliar de un paracaídas mientras realizas salto base hacia un abismo de cuestionable seguridad legal, el módulo de servicio de la Estación Espacial Internacional con la gravedad cero flotando entre restos de comida deshidratada, playas abarrotadas y saturadas de microplásticos, piscinas municipales con niveles epidémicos de cloro y todo lo que no es cloro, laderas de montaña, dunas desérticas, la selva lacandona, teléfonos móviles con la pantalla resquebrajada en forma de telaraña, relojes «inteligentes» de esfera microscópica pensados para medir las pulsaciones de un runner y no para el metacine de Kiarostami pero que te permiten ver el metacine de Kiarostami, tablets manchadas con una película impenetrable de grasa de croqueta, televisores de tubos catódicos rescatados de un punto limpio, ordenadores portátiles sobrecalentados a punto de derretir tus muslos, consolas de última generación, el salpicadero táctil de un coche que se conduce solo, autocines desolados que huelen a gasolina y nostalgia noventera, plazas públicas, campings infestados de mosquitos, habitaciones de hotel de dos estrellas con un olor sopechoso a lejía que te hace preguntarte que habrá pasado allí, salas de espera de urgencias hospitalarias junto a un señor que tose en sol menor o en los no-lugares intangibles del ciberespacio: Netflix, HBO Max, plataformas piratas con anuncios flotantes en cirílico sobre alargamiento de pene y casinos ilegales, TikTok a pantalla partida con un gameplay de Subway Surfers a la izquierda y alguien cortando bloques de jabón a la derecha, Instagram, Twitter/X, MUBI, Filmin, PornHub, Disney+, RTVE Play o el sintonizador desconfigurado de Movistar+. Llegados a semejante atracón de dopamina y saturación retiniana, la verdadera pregunta filosófica ya no es dónde o cómo se puede ver una película, sino rastrear los escasos e inverosímiles reductos del universo físico donde la industria aún no ha conseguido plantar un reproductor MP4 con autostart: ¿cuánto falta, de verdad, para que los departamentos de marketing encuentren rentable instalar pantallas OLED en la pared interior de los conductos de ventilación por donde escapan los ladrones en las películas de acción, en las estaciones de metro, en los paneles luminosos de carril reversible de las autopistas de peaje, en las señales topográficas de la cima del Matterhorn, el Mont-Blanc o el Aneto, en los visores del casco de los astronautas que caminen por la cara oculta de la Luna, en la cola del McAuto, en la misa de las 12, en la cara interna de las tapas de alcantarilla, en la camiseta del Madrid, o entre las páginas de la edición de Penguin Classics de Los hermanos Karamázov, en el monitor del electrocardiógrafo en mitad de una cirugía a corazón abierto justo cuando el cirujano duda si cortar el vaso sanguíneo rojo o el azul, o pegadas con cinta de doble cara en la cara interior de la tapa de un ataúd de nogal para que el difunto pueda amenizar las primeras 72 horas de su viaje hacia el descanso eterno?
No, ahora en serio: ¿CÓMO se ve una película?
Bueno, visto lo visto, daría exactamente igual el sitio. Donde sea. Pero, en teoría, te tienes que quedar quieto, con los ojos abiertos y ver la peli. Completa. De principio a fin. Ahora bien, tampoco hace falta estar sentado. Puedes hacerlo perfectamente de pie, o mientras completas un reto aeróbico en la bicicleta estática. Es decir, en el siglo XXI ya es un hecho consumado que un sujeto contemporáneo puede hacer más de una cosa a la vez, en tanto una de esas actividades requiera un sometimiento pasivo como es el cine. Técnicamente, ver una película no está visto hoy en día como algo exclusivo o como una «actividad total» —de hecho, las actividades totales casi han desaparecido de la faz de la Tierra—. Pero es que incluso el cine en sus variantes más rebeldes, como el cine porno, daba por hecho que esa pasividad iba a desatar ciertas actividades productivas que durante milenios se retrataban como tan placenteras como para resultar absolutas, y que ahora resulta que tampoco lo son, o al menos ya no las procesamos de esa forma.
El caso, entonces, es que para ver una película hay que estar viéndola. De principio a fin. Resulta absurdo tener que decirlo así, pero nos lleva al verdadero dilema: ¿cuándo empieza y cuándo acaba hoy una película?
Si tú, por ejemplo, te ves todos los tráilers promocionales, las reseñas cortas de todas las redes sociales, todo el contenido vertical sobre la obra, las entrevistas a los actores, los artículos patrocinados, los ensayos teóricos de “Caimán Cuadernos de su Puta Madre”, la columna de Boyero, la opinión que Jordi Wild le copia descaradamente a Boyero, la página entera de Wikipedia, el documental de cuarenta minutos sobre el making of de la película... y no te has visto la película, ¿te has visto la película? Es decir: sabes literalmente todo lo que hay que saber de la obra, se te ha transmitido el ethos y el pathos de la pieza a través de otro logos secundario, pero se te ha transmitido al fin y al cabo. Por lo tanto, puedes construirte una opinión perfectamente sólida en cuanto a cómo resuena contigo esa película, decir en alto que la has visto, postear en Instagram, X/Twitter o Letterboxd que te la has visto, hablar sobre ella con gente que se la ha visto y con gente que no, recomendarla fervientemente, hacerla parte de tu personalidad, morir, ¡y que en tu funeral la gente siga pensando sinceramente que te viste esa película!
Entonces, para la historia de la humanidad: ¿te la viste o no te la viste?
Para la mayoría de las personas «no» te la viste, por mucho que ellas no tengan forma humana de dilucidar si tú te la viste o no. ¿Pero y si te autoconvences de que sí te la viste? Bueno, sé que estoy llegando a un callejón sin salida, pero es que todavía no hemos llegado a lo más interesante: las personas que sí se la vieron. Es decir, los raros que en este mundo hipertextual se vieron la película y nada más; que tuvieron una experiencia única, individual, empática y conectiva con la pieza. Gente para la que el transcurso de su vida fue alterado momentáneamente en pro de una emocionalidad de conexión simbólica producida por el mito, el arquetipo estructural y la expresión estética particular, articulada mediante los elementos expresivos de los que dispone el medio para generar un diálogo individual con el pasado colectivo. ¿Qué pasa si, tras esa experiencia pura, te encuentras a otra persona en una terraza, sale a colación el tema de la peli que tú te viste (y la otra persona no, pero sí), y de repente esa persona despliega una interpretación brillante, sublime, bellísima de la obra? Una nota a pie de página tan única y perfecta que tu relación con la película se resquebraja por completo. En ese choque intratextual entre la nota de tu amigo —cimentada puramente en el hipertexto— y el texto mismo, tu percepción cambia retroactivamente. Tu experiencia, que fue genuina e individual, se transforma ante un objeto que en teoría es estático. La peli es la misma, pero tú has cambiado.
Y no solo eso: tras años de confusión sobre tus sentimientos respecto a esa película debido a semejante choque dialéctico, resulta que al director lo pillan haciendo una cosa horrible. Una guarrada máxima, intolerable para los tiempos que corren. Algo así como que le gustaba restregar el pene (asumimos que, en este caso hipotético, es hipotéticamente más probable que esto lo haga un hombre) por todas y cada una de las hojas del guion que entregaba únicamente a las actrices. Algo retorcido, de hacer todo tipo de fricciones con su pene con las páginas, los vasos, la comida o cualquier objeto que compartiera con el reparto y que se tuviesen que llevar a la boca. Tampoco un asesinato, más bien una cosa guarorrafélesica y grotesca donde nadie ha sido dañado violentamente, pero sí degradado de una forma muy específica... (¿Por qué le estoy dando tanto detalle a esta guarrada? No, no... centrémonos). Una cosa así, vaya, por la que lo cancelan fulminantemente. Y cuando te enteras de la noticia, recuerdas que hay una escena alegórica del villano de la película donde hace exactamente eso con el interés romántico del protagonista. Y descubres una conexión metatextual turbia, y esa película vuelve a cambiar de significado por completo sin que te la hayas vuelto a poner una segunda vez. Y para colmo, recuerdas que esa mismísima escena está inmortalizada de forma simbólica en el póster promocional que tuviste colgado en tu habitación durante años...
Llegados a este punto: ¿te has visto entonces bien la peli?
PERO… ¿CÓMO COÑO SE VE UNA PELI?
A ver, para ver una peli hay que estar en el campo de visión de la pantalla y verla. No puede ser tan difícil ver la peli. Tú la ves. Pero, es decir: ¿tú, sujeto, humano, ves la peli en referencia a procesar la peli, o sea, es decir, no cabría plantearse si existen acaso distintos niveles de ver y de ver la peli, de procesamiento neuronal de pelis que, aunque todo entre técnicamente en la categoría de «verla», articulan un espectro continuo donde hay pelis que ves infinitamente menos que otras que te interesan y de las que analizas más su simbología de forma diégética, aceptando incluso las reglas de esa diégesis sin sentir la pulsión neurótica de gritarle a la pantalla: «PERO ¡¡LLAMAD A LA POLICÍA, PEDAZO DE SUBNORMALES!!», sino transformándote en ese espectador ideal que suprime por completo su ego en pro de una experiencia trascendental y casi meditativa en uno de los extremos absolutos del ver... frente a ese otro extremo opuesto del ver donde simplemente eres tú, tu ego y tu narcisismo galopante criticando en tiempo real cada uno de los frames y planos de la película sin que te importe lo más mínimo la película en sí, pensando únicamente en cómo te está afectando esta película a ti, cómo se relaciona con la imagen que tú tienes de ti mismo y, sobre todo, cómo se proyecta esta película en la imagen que tú crees que los demás tienen de ti?
En este punto, «ver» una película adquiere un sentido casi hinduista o budista que bien podría compararse con la leyenda upanishádica del trueno, en la que tres tipos de seres —dioses, hombres y demonios— le suplican a Prajapati, el señor de todas las criaturas, que les revele su naturaleza última. Él les responde a través de la voz del trueno y pronuncia una única sílaba cósmica: DA. Consciente de que sus discípulos jamás podrán comprender la totalidad de la verdad absoluta y que solamente alcanzarán a vislumbrar destellos de su realidad no manifiesta, Prajapati les pide que expliquen qué han entendido. Los dioses traducen DA por Damyata («controlar»), los humanos por Datta («dar») y los demonios por Dayadhvam («simpatizar»). Tras escuchar las interpretaciones de cada uno, Prajapati asiente con el OM, el sonido primigenio hecho logos de la verdad revelada. Ninguno de ellos alcanza el sentido último de la palabra divina, pero cada uno, a su manera, ha comprendido una faceta de su totalidad...
Es decir, para la tradición vedanta el mundo es un objeto de la conciencia y no existe una entidad separada de lo percibido. Por lo tanto... ¿acaso solo se puede «ver» una película desde el encierro del subjetivismo? Eso sería verdad si nos quedamos estancados en el impasse de la dicotomía sujeto-objeto. ¿Pero y si para ver una película hay que ir más allá del círculo cerrado de la mente individual? ¿Escapar de esa cárcel del Yo mediante el dictado del trueno?
Datta, Dayadhvam, Damyata...
ENTONCES: ¿QUÉ ES VER UNA PELÍCULA?
¿Ver una peli es dar?
Datta, Dayadhvam, Damyata...
«DA» encarna la voz cósmica aún no disociada por sus ecos. El «DA» del trueno es la raíz indoeuropea de las tres interpretaciones sucesivas de la realidad epifánica. Los tres dictados del trueno no son más que tres formas distintas de entregarse.
Datta, Dayadhvam, Damyata...
¿Cómo se ve una película?
Entregándose.