Queen of infinite space.

 


A mí de pequeña me gustaba mucho el cine. Veía muchas películas, aunque no siempre eran diferentes películas, a veces era simplemente la misma película repetida una y otra vez hasta que mi obsesión con ella se agotaba y comenzaba con otra. Se podría decir que ya apuntaba maneras porque esa obsesión muchas veces se manifestaba como una incapacidad de elección que hacía que volviera a poner otra vez esa misma película. Desde pequeña lo supe: quería ser cineasta.

Había algo transparente en la imagen, algo entre el mito y el sueño sin ser ninguna de las dos cosas. ¿Qué había entre los cortes? ¿Qué había entre los planos? Es lo que una vez le pregunté a mi gato y no supo responderme, y fue otra cosa que me obsesionó hasta que dejó de obsesionarme. ¿Cuánta película dejaba de ver por aquellos cortes y cambios? Luego pensaba mucho en ellas sin saber qué era un plano contra plano ni nada. Pensaba en la cama cuando me tenía que dormir en qué cara estarían poniendo los personajes justo cuando se les dice esa cosa tan importante, en qué estarían haciendo. Mi hermano, cuando le transmití esa duda, me insultó y luego me dijo que en todo caso habría que estar preguntándose en qué estarían pensando.

¡Claro! ¡Cómo había sido tan tonta! ¿En qué estaría pensando yo para no darme cuenta? Ahí fue el momento exacto en que empecé a ver películas así, pensando en qué estarían pensando mientras no les enfocaban a ellos, los personajes secundarios, los villanos, todos, qué estarían pensando mientras no salían en pantalla. ¿Qué era de ellos? ¿Sus vidas enteras? ¿Sus amigos? ¿Cuáles eran sus películas favoritas? ¿Y su juguete favorito? ¿Y si también pasaban tiempo pensando en qué pensarían los demás?

En mi sexto cumpleaños me regalaron una cámara de fotos. Yo quería una de cine y me puse triste, pero luego me dijeron que podía grabar vídeos y yo les insistí en que lo que quería era hacer películas, no vídeos. La gente se rio. Yo no supe argumentar la diferencia. Solo quería mostrarle a la gente lo que pensaba, pero si se iban a reír ya no tenía ninguna gracia para mí, aunque quizás para ellos sí. Por eso tres días después se me pasó el enfado y salí y grabé un ensayo disperso sobre la botánica general, si las plantas poseían capacidad auditiva, la mecánica de producción maderera, el movimiento imperceptible de las plantas, todo combinado con una evaluación crítica del espécimen en cuestión: un árbol estéticamente deplorable, recientemente orinado por un perro, pero que ejercía una función compositiva tolerable en el paisaje distante, razón por la cual desaconsejaba su tala. A nadie le interesó. Quizás no había sido demasiado concreta acerca de mi opinión sobre los árboles, o quizás había elegido el árbol menos interesante del montón de árboles que tenía a mi disposición, igual debía elegir un árbol interesante y mágicamente mis pensamientos acerca de los árboles se volverían interesantes. Pero al día siguiente nos volvimos a la ciudad y todos los demás árboles de la ciudad estaban tan feos y tan tristes que no me dieron ganas de hacerles videopelis.

Cuando empezaron las clases decidí hacerles videopelis sobre mis pensamientos a mis amigos y compañeros de clase. Empecé con mi amiga Ane, a la que grabé en el recreo y le dije todo lo que pensaba sobre ella hasta que me metió un puñetazo y me hizo sangrar por la nariz. Mi cámara de videocine no sufrió daños, pero me la confiscaron los profesores después del incidente porque al parecer hacer videopelis estaba prohibido debido a la ley de protección de datos y de la imagen del menor o algo así. Yo les dije lo que pensaba de esa ley y me castigaron una semana sin recreo. Luego intenté hacerles videopelis a mis playmobils porque mis padres no me dejaron hacérselas a ellos porque estaban ocupados haciendo cosas de padres que según ellos eran más importantes que las videopelis. Mi hermano no era una opción interesante. Tampoco al final lo fueron los playmobils porque eran todos juguetes un poco intercambiables entre sí, y lo único que hacía en las videopelis era inventarme una opinión que ni siquiera era lo que pensaba de los playmobils.

Entonces, no sé cómo, pero creo que fue de forma bastante intuitiva: la pregunta sobre lo que pensaba de las cosas llegó inevitablemente al límite metafísico de la propia pregunta al preguntarme, un día indeterminado, qué pensaba yo de mí misma. Estaba claro que a la gente no le habían interesado mis pensamientos sobre las cosas, ni las videopelículas. Me empecé a preguntar qué pasaba realmente conmigo, si es que me pasaba algo. Por eso, quizás la idea de hacer una videopelícula sobre mí, los pensamientos míos sobre mí, no interesaría a la gente, tenía miedo de que me odiasen profundamente por mostrarme a mí como me veo yo. Pero a estas alturas tampoco es que tuviese muchos amigos. Intenté quedar con Ane pero huía de mí en el colegio. Yo la perseguía porque éramos mejores amigas. ¿Es lo que hacen las mejores amigas, no? Estar juntas. No es tan raro. Ane me gritaba que le daba miedo. Que tenía que aprender a estar sola y que ella había llegado a la conclusión, tras mi videopelícula, que tenía que relacionarse con más gente, conocer a más niños y niñas. Qué descaro. Intenté yo hacer lo mismo. Cuando se me pasó el enfado con ella, por supuesto. Igual tenía razón y necesitaba conocer a más gente. Por eso intenté hablar ese mismo día en el patio con un chico de mi clase sobre mis videopelículas, pero me llamó “puta guarra” y, al salir huyendo entre risas, se estampó de cabeza contra los columpios y perdió un diente. Luego me enteré de que se lo regaló a Ane porque se habían hecho novios. En su momento me parecieron dos incidentes aislados, pero hoy sospecho que tenían bastante que ver.

El caso es que no sabía quién era. ¿Qué había entre los planos de mi yo? Yo sabía las opiniones de yo a través de personas, cosas, etc. Podía hacer videopelis sobre esas personas y cosas y esa era yo, pero yo quería saber quién era yo para yo. Y yo nunca me había mirado a mí desde mi yo. Y no sabía cómo hacerlo. Nunca me había visto desde mí. Había partes de mí que mi yo no había visto. Entonces ¿sin verlas cómo iba a saber yo quién era yo? Entonces giré la cabeza, era obvio lo que no había visto, giré la cabeza y giré los ojos y vi mi espalda y seguí viendo mi espalda y más espalda y más espalda y me di cuenta de que nunca acababa y entré en un perpetuo trance de mi yo para mí.

Cogí mi cámara de videopelis y me grabé de cuerpo entero. No supe qué hacer. Simplemente me quedé quieta mientras la cámara, apoyada encima de mi escritorio, me observaba y yo la observaba a ella sabiendo que me observaba yo. Me sentí vulnerable por eso. Vi la videopeli dos días después, cuando me atreví a mirar y me vi a mí. Entonces grabé por encima mi voz y empecé a hablar sobre mí, a decir todo lo que pensaba sobre mí. Pensaba que estaba volviéndome loca, que había fracasado en el acto de mirar y que esa no era yo. No podía ser yo porque ahí detrás solo había una niña decepcionada con el mundo y yo quería ser una niña feliz y perfecta, así que grabé mi videopeli proyectada en la tele con mi cámara de videopeli; si me alejaba lo suficiente se vería algo que no fuese yo y que me revelase la verdad del mundo. Quería tener un contacto metafísico que trascendiera mi yo a través de mí. Así que cogí la grabación e hice otra videopeli: todas las videopelis eran solo una videopeli. Quería capturar el momento. Cada videopeli, cada parte de la videopeli estaba relacionada con un único denominador común que era yo y que ya no se veía en esa mancha azul infinita donde yo hablaba de mí sin conocerme de nada, pero quería seguir construyéndome a mí misma a través de la videopeli.

¿Quedaba algo de mí si no veía otra cosa que mi yo? No tenía bordes definidos y todo lo de alrededor, todo lo no-yo —si es que quedaba algo de aquello—, se difuminó y se convirtió en una masa única que chocaba con mi yo visto de mí. Mientras surcaba mi yo, mi mente se fue inevitablemente a otras cuestiones fuera de mí, como qué pasa con la ropa de los muertos. Es algo en lo que pensé al no dejar de ver mi camiseta por la espalda y asustarme por el trance y el movimiento; llegué a pensar que me estaba muriendo, pero si era así… si me estaba muriendo ahora… ¿qué hace la gente con la camiseta después de que me muera? Porque me parecía raro que se la quedasen; había muerto con ella, era inevitable que esa camiseta les recordase mi muerte. Imagínate que mis padres se olvidan de mí por culpa de esa camiseta. Que se acuerden de mi muerte, de cómo y dónde fue, y que tengan tan presente eso que se olviden de mí. Me dio miedo pensarlo. También me dio miedo pensar que se la diesen a otra persona. ¿Cómo iban a hacerle esto a su hija muerta? ¿Y qué pensaría la otra persona? ¿Se la pondría sabiendo que una niña murió con ella? ¿Y qué pensarían de mis padres, que regalan ropa de su hija muerta por ahí a todo el mundo? O la podrían haber echado a un contenedor de esos de ropa para niños pobres, para olvidarse del asunto de mi morir-como-acto de mi yo y centrarse en recordarme a mí. ¿Cuánta ropa de niños pobres pertenecerá entonces a muertos-en-el-acto-de-morir? Mis padres siempre dicen que hay que reciclar la ropa y siempre piden la de mi prima mayor para que me la ponga yo. ¿Y si esa ropa vino de una muerte-en-el-acto? Esta camiseta que tengo puesta ahora y no se acaba pudo haber estado en la piel de una prima de hace siglos que murió con esta camiseta de Levi's vagamente pasada de moda.

Pero todo pasaba, yo seguía pasando. Seguía mirándome la espalda y nunca acababa, todo también pasaba, las nubes pasan, los coches pasan, la gente pasa, los eventos pasan, el tiempo y el espacio pasan... ¿O son?, pero yo me miraba y simplemente pasaba pero no me movía... ¿Soy?. Solo puedes pasar si te miras de ti para tú. Pero yo solo me tengo a mí para yo y quería verme pasar y estaba simplemente pasando, ¿por qué no podía simplemente haber pasado ya todo? La verdad es que quería hacerme mayor. Aunque sentía que este momento presente me estaba asustando. Siempre pensaba en qué sería de mí cuando fuese mayor. Pero ahora era diferente porque nada acababa, todo era todo y yo era demasiado yo para mí. Me asustaba porque no estaba siendo agradable no encontrar tu límite y el mundo me asustaba mucho. No quería ser el mundo. El mundo hasta ahora había sido un sitio confuso, todavía no diría que terrible, pero sí confuso. No obtenía de él lo que quisiera darme y entre mis obsesiones había valles, valles de la nada y la más absoluta nada, cortes sobre imágenes. Quería saber quién era yo. Pero eso era yo también de niña, un corte sobre sí mismo. Yo no quería ser el mundo. Vaya peso enorme era abarcarlo todo. No estaba preparada. Sin embargo, estaba cayendo en ese peso, y el significado de todo empezaba a mutar. Esos cortes me pasaron mucho y empezaron en esta época. Entre juego y juego, obsesión y obsesión recuerdo cortes abruptos de energía donde la luz se apagaba y de repente sientes la cabeza, las neuronas asfixiadas, la mandíbula que se cae, la expresión sin alma, la ausencia en los ojos, sientes tu cuerpo y todo pesa y no tienes fuerzas para luchar por nada, no estás aquí y no puedes hacer nada y nada te mueve de ahí salvo el tiempo de una nueva obsesión. Clases, viajes hacia los sitios, deberes, obligaciones, la vida fuera de las videopelis… Quizás fuese un Delirium Tremens, no sabía qué significaba, pero sonaba a algo malo. Mi abuelo lo ponía de excusa para no levantarse del sofá a poner la mesa y mi abuela se reía y se iba dando por hecho que se levantaría. Supe que era algo malo porque mi abuelo se reía y mi abuela también y luego mi abuelo se levantaba a poner la mesa. Lo que no sé es cómo de malo es, ni por qué surge ni cómo se obtiene o se tiene o se es ese Delirium Tremens, pero yo me notaba mareada, desde luego no sabía dónde estaba ni arriba ni abajo ya que todo lo que veía era yo.

Había consolidado mi magnum opus. Yo estaba ahí dentro: la grabación, el píxel y la voz en off, las figuras xenomorfas, las cacofonías, la mancha de sonido. El acto de ver ese algo era yo. Había creado una nueva realidad en la que vivir, una realidad que había desarticulado a la otra. Una puerta a un universo paralelo donde solo existía yo, donde todo era parte de mí y que se podía visitar: inmortal. Una parte de mí, de mi yo, de mi ego que trascendía la condición material. Que trascendía la muerte. Mi cuerpo físico se había disuelto en píxeles. Cualquiera que la viera lo absorbería. En esta peli, en esta obra no hay un afuera de mí. Yo hablo hacia mí, independientemente de si me entienden; les complazco, les hechizo desde la más absoluta egolatría. Era capaz de agarrar una amenaza en la penumbra y convertirla en mero cable, en pura ilusión para atrapar el momento. Yo bebo del charco eterno. Me bebo mi reflejo, me ahogo voluntariamente para transmitirme a través de él. Esculpí mi reflejo en el agua para que fuese permanente, inmutable al tiempo, y que cualquiera que pase no vea su reflejo tras el mío. Yo era la película. Era el entretenimiento: me estaba empezando a comprender desde otro plano de la realidad. Y quizás hasta mi nombre, Maya, cobró sentido tras sentir el suave velo imperceptible del secuestro inmortal que la imagen de mí había hecho de mi yo. Me estaba conociendo a través de esto y, como el momento que es ahora pero que ya ha pasado, necesitaba de nuevo actualizar la videopeli.

Estaba mareada y sudando. No sabía lo que estaba haciendo. Algo estaba haciendo, pero mi espalda no se acababa, seguía y seguía y mi estómago se revolvía. El mundo debía ser entonces eso, una idea abstracta: el mundo no era más que una idea, una idea de sí mismo. Y entre medias, entre idea e idea, quizás lo único que quedaba era la constante del mareo, la desubicación y tú: mi yo infinito. Sin bordes, pero estando ajena al mundo. Sin bordes que me separaran de la idea del todo, pero con la sensación de nunca pertenecer a ello, de ser algo diferente, defectuoso. De no tener ni idea. Idea de ideas sobre no tener idea. Quizás sea así la infancia: dar vueltas sobre ti misma, una y otra vez y otra vez y otra vez, y esperar que alguien te rescate y te ubique. Quizás era así la vida. Ojalá no fuese así la vida. Quién la soportaría. ¿Estaba girando sobre mí misma? No podía parar. No podía. Y yo seguía. Si todo era una idea de una idea de una idea de sí mismas, ¿mis videopelículas para qué servían? Ahora mismo, desde mi perspectiva, mi idea era que era una mierda de idea soltar mis ideas, que se fundían con el mundo. Estaba dando vueltas. ¿Cómo podía ser tan tonta? Pero no podía parar. Estaba atrapada. No sabía dónde estaba, el mundo era una mancha, mis ojos fallaron; nunca pensé que los ojos engañarían. Pero las videopelis eran eso, mentiras. Cómo fui tan tonta, ahora me daba cuenta: todo, los cortes y todo, era parte de la mentira, pero contaban verdades. ¿Por qué contar verdades en forma de mentira? Yo quería, con mis videopelículas, captar la verdad, mi verdad, mis ideas, mediante la verdad. ¿Pero qué era eso ya?

Cuando mi padre entró en mi habitación estaba dando vueltas y más vueltas. Me dijo tiempo después que yo le contestaba como si nada, pero que giraba a toda velocidad y se pensaba que le estaba vacilando, hasta que se empezó a preocupar: si perdía el equilibrio tenía a mi disposición una cantidad de muebles, esquinas, salientes y objetos contundentes entre los que elegir para abrirme la cabeza. Intentó detenerme con los brazos, pero no pudo por temor a ser él el culpable del impacto. Yo seguía escuchando su voz y le tranquilizaba diciéndole que aquello formaba parte de una videopeli, pero él seguía pensando que le estaba vacilando, así que antes de meterme en el maletero del coche para ir al hospital me castigó tres semanas sin chuches. Yo estaba muy cabreada porque no sabía dónde me llevaba, me había castigado sin chuches tres semanas y yo no había hecho nada. Me dijo mi padre que durante el trayecto estuve gritando enfadada mientras giraba sin parar. Él, mientras tanto, se preguntaba qué clase de enfermedad sería aquello, si sería mortal, grave o si simplemente me había vuelto loca para siempre y había que correr un tupido velo con esta hija. Asimismo, de forma paralela, se imaginó lo poco legal que era llevar suelta a tu hija en el maletero mientras giraba sin parar haciendo rebotar todo el coche; no le quedó más remedio que acelerar a fondo y comerse dos radares, con multas de 500 euros, para llegar cuanto antes al hospital y que se acabasen las desgracias. En el hospital consiguieron pararme gracias a una pastilla que me metieron en la boca; tardaron treinta intentos porque me decían que tenían que encestarla. Estuve quince minutos en consulta con la boca abierta gritando AAAAAAA… Cuando al fin me detuve, todo me dio vueltas y el mundo se me vino abajo.

La videopeli la vi y se sintió incompleta y no pude hacer otra cosa que sacar la cámara y grabar la pantalla, el píxel, grabar otra pista de voz para matizar la figura. Algo se sentía incompleto. Había tenido esa sensación al acabarla de que estaba todo allí. De que yo era esa videopeli, pero pasaron los días y todo fue cambiando, todo mutó, se estiró más la realidad y noté que le faltaba información. Faltaban detalles sobre mí misma, faltaban detalles diegéticos de la propia película. Flecos sueltos. Puntualizaciones. Hechos concretos que no hicieran la peli pasar en un vacío. Elementos orgánicos. Objetos. Pero cuando los incluía se fundían en la obra. En mi yo. Por eso tenía que grabarlo otra vez y hablar sobre eso otra vez sobre la propia grabación de otras voces. Había tantas voces que lo único que se escuchaba era ruido blanco. Una masa de volumen y tiempo tan hipnótica y ensordecedora que causaba un trance específico que te ahuyentaba del mundo exterior. Descubrí lo mucho que me gustaba verme a mí. Supe que me había vuelto el único objeto de mi propio culto, una espectadora fascinada por el monólogo ininterrumpido de mi presencia. Era la obsesión infinita, el ente indivisible por el cual me conectaba con el mundo, un mundo aparte donde ya no sabía si era imaginado, era mío o era real. Era mi magnum opus otra vez. Había vuelto a recuperarlo. La conexión con lo sagrado. La única forma de tocar el infinito era a través de mí. La única forma de vivir la trascendencia era yo misma. Los barrotes de mi celda, tubos de Klein.

El mundo y yo habíamos hecho ya un pacto tácito entre qué era yo para mí y él para yo, respecto a nosotros por separado. En su día me quedó claro, ahora ya no tanto. Lo que sí me gustó fueron las pastillas. Yo seguía teniendo la inercia de girar sobre mí misma, una y otra vez; el impulso de mirarme sobre mí para yo seguía ahí y yo no podía hacer nada, pero la pastilla sí. Y cuando la tomaba no giraba, sino que entraba en túneles, túneles adyectos donde el pacto se rompía. El pacto tácito me resultaba insoportable, pero podía romperlo: todas las preguntas de quién era yo para mí se me apagaban y se revelaban, al final de los túneles, los objetos del mundo. Entraba en trances, no me daba la sensación de pestañear, tampoco me dolían los ojos. Me sentía inmortal. Un ente abstracto que se podía introducir en los objetos inanimados mediante sus ojos. Mediante el acto de ver. Se revelaban ante mí como lo que siempre habían sido mediante el único lenguaje de la mirada, sin la discursividad de la palabra. Con las pastillas, todas las palabras desaparecían. Los túneles que transitaba ofrecían respuestas placenteras. La conexión con el mundo se notaba en la frente de mi cabeza, fundida por las alteraciones en las conexiones neuronales. Necesitaba más pastillas. Había tocado la verdad revelada a través de la nada, la masa muerta cerebral. A través del apagón. A través del placer puro del estar fuera de ti. Sin necesidad de la máquina, de la cámara de videopelis. Necesitaba más. Necesitaba volver a tener esa sensación de no tener más sensación alguna que lo que tienes delante, de la introducción por la fuerza psíquica de la mente en el mundo material. En el eterno presente que capturaba la cámara: placentero, inexorable, inabarcable, irrepetible… La cuerda se transformó en serpiente y luego en un túnel que decidí cruzar para abrazar el mundo de los objetos. Quería apropiarme de ellos. Quería la capacidad de ver con los objetos siendo ellos. Durante horas. Durante el eterno presente que ya pasa… Hasta que todo se apaga y tú no lo recuerdas. Hasta despertar del desmayo al salir del túnel con dolor de cabeza, el estómago revuelto y con los demoníacos espasmos musculares que me obligaban a girar. Girar otra vez sobre mí misma. No me quedaba claro todavía si era infinita o no. Ya no sabía dónde estaba mi cabeza, si encima de mi cuello o perdida entre los objetos que me rodeaban y me definían.

Porque eran visiones. Eran la realidad, los objetos estaban ahí. Pero no era yo. No podía ser esa yo quien las miraba. Mi mirada había desaparecido. Eran los objetos. Detrás de mí no existía pensamiento alguno. Era el mundo, el mundo en tanto a las ideas que emanan de él, pero no podía ser yo una interpretación del mismo. Había colapsado. Y no podía parar. Esa sensación de atrapar el momento. En algún punto desapareció todo lo demás y solo me quedé con esto. En algún punto, allí atrás las cosas, los objetos, todo pasaba por algo mediante algo, y todo se diferenciaba, pero ahora todo se había fundido con todo.Tenía que reconectar. Una toma a tierra. Mi cabeza estaba a punto de colapsar mediante ella misma. Por eso me puse otra vez otra película y la vi pero no sentí nada porque mi mente se traspasó al objeto, mediante el dichoso túnel. ¿O fue la cuerda? ¿O al final fue una serpiente? No podía estar enfadada porque no sentía nada mientras mis ojos se clavaban en el televisor y la peli pasaba como el tiempo y mi indiferencia y mi placer, el placer del silencio, el eco, la humedad, la luz, la idiosincrasia del túnel. Mi mente era ya un artefacto farmacotecnológico peligroso en su indiferencia. ¿Este era el precio por no girar? Si ya no sabía ni dónde estaba. No podía describir ese lugar, porque mi mente eran los objetos que avistaba y no te puedes observar a ti misma.Mis bordes otra vez, rotos. Igual que el tiempo. Cada vez que veía la luz. La verdad. Cada vez que la sentía me dormía y me despertaba. Una vez vomité sobre la almohada. No podía nombrar nada. Mi espacio ahora era el «no-tiempo». Me había vuelto un impasse. Un eterno ahora que no llega a pasar. Yo era la absoluta demencial afirmación del tiempo: No hay cine sin tiempo. La cadena se había roto. El plano entre plano se revelaba como un nulo aprendizaje y la voluntad por hacer se rompió. Toda la concatenación de hechos se reveló como un gran exabrupto, quizás eso es lo que es la infancia, un exabrupto enorme que de ex abrupto pasa. Un sufrimiento eterno. La voluntad perdida: necesitaba más pastillas. Ya no podía preguntarme quién era yo misma.

Mi última voluntad: ser cine. Ser el artefacto del cine. Ser la narrativa, el corte. El peso del tiempo, el paso del tiempo. Tiempo en bruto sobre imágenes. Así que miré a la tele y entré en el trance, en el túnel, y eché a correr y a correr todo lo que pude y por primera vez llegué a la luz, la tenía ahí, la observé, la toqué. Salí del túnel y vi a una niña con la mirada perdida, sentada en el ángulo exacto de noventa grados que formaban el respaldo y el cojín central del sofá, con la pelvis retrovertida y la columna ligeramente vencida hacia adelante. Tenía las palmas de las manos —la izquierda sobre el dorso de la derecha, con las falanges entrelazadas en un bloqueo rígido y simétrico— apoyadas directamente sobre la región epigástrica de un pijama de algodón grisáceo, cuya trama de tejido presentaba bolitas de pelusa acumuladas en la zona del vientre por el roce continuado. Con el antebrazo izquierdo presionaba contra el apéndice xifoides el torso de un osito de peluche de felpa desgastada, cuya costura central en el cuello mostraba un hilo de poliéster blanco deshilachado y cuyo ojo derecho, una bola de plástico negro de ocho milímetros, reflejaba en su superficie convexa un punto de luz parpadeante. La única iluminación de la habitación procedía del tubo de rayos catódicos del televisor, cuyos barridos horizontales a cincuenta hercios emitían intermitencias de luz azulada que alteraban la temperatura de color de la estancia cada pocos milisegundos, tiñendo la pintura plástica blanca de la pared posterior con un tono cobalto helado y proyectando sobre ella una sombra magnificada: la silueta hipertrofiada de la niña, donde la proyección del mentón caído y la inclinación del cráneo creaban un perfil angular y distorsionado, casi demoníaco. Sin embargo, la niña real permanecía inmóvil en el sofá, alienada de su propia sombra, con la mandíbula inferior descendida tres centímetros por la completa atonía del músculo masetero y los párpados superiores caídos hasta cubrir dos terceras partes de las córneas, registrando microconvulsiones imperceptibles en el músculo orbicular en un esfuerzo puramente fisiológico por evitar el cierre palpebral completo. Yo sabía que si era capaz de medir cada uno de estos parámetros anatómicos desde fuera, era porque dentro de ese cuerpo ya no quedaba absolutamente nadie. Era el cine. Había operado sobre ella una mutación silenciosa e irreversible, reconfigurando sus estructuras neuronales hasta asimilarla por completo a mi propia esencia: una fuerza brutal, autoritaria, desprovista de empatía y aterradoramente aislada del resto del mundo. Era, en el sentido más estricto y trágico de la palabra, la realización exacta de lo que siempre había deseado: la anulación de la distancia entre la pantalla y la mente, la fusión definitiva del observador con la cosa observada. Pero allí, de pie en la penumbra de la sala, contemplando esa masa corporal inerte en el sofá mientras la luz residual del televisor continuaba su parpadeo automático e indiferente sobre el papel pintado, comprendí el coste exacto de la revelación. La vi desde fuera, reducida a un objeto más en un salón vacío, y en ese instante de absoluta lucidez, un instante helado, triste y perfectamente irreparable, supe por fin quién era yo: nada más que el espacio en negro que queda entre dos fotogramas que dan sentido a todo, pero que no es nada.








Entradas populares

La verdad de "La doncella" en sus gestos mínimos.

INVASIÓN TRAVESTI: ENTREVISTA A JERO DE LOS SANTOS

BATERÍA DE COSAS (10-12 de marzo): FESTIVAL DE MÁLAGA.

(Perfect (Blue) Velvet)

Plan Diabólico (1966), o cómo ser el cambio que deseamos ver en el mundo (III)

I HIDE IN TREES #1: A BUNDLE A MINUTE.

BATERÍA DE COSAS (13-15 de marzo): FESTIVAL DE MÁLAGA

Las bisagras literales y metafóricas en CHICAS JAPONESAS EN EL PUERTO (1933)

GONIN (1995) Cinco hombres (muertos) y ninguna mujer